María Cardenas

No es de soñadores

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¿Permitir que una ideología, cualquiera sea esta, regente suprema y con superioridad sobre los intereses patrios? No lo permitiremos. Si esta supuesta ideología es, antes que un grupo de ideas una construcción de intereses y vanidades que protege la ambición de unos pocos sin producir cambio verdadero mientras destruye un país, tarde o temprano, con la misma fuerza que subió se estrellará estrepitosamente. No merece continuar.

Se la podría calificar de un egoísmo sin nombre porque solo engrandece su propio bien y no sirve al bien común. Si esta llega a convertirse en un gobierno de desesperación y de un deseo incontrolable de permanencia, sin importarle el bienestar de su único mandante, el pueblo, que los puso en esa posición, es mejor que desaparezca.

Si para expresar su descontento, el pueblo debe enfrentarse a los escudos protectores de la Policía que sigue órdenes violentas sin cuestionar, enfilados de a cuatro; si debe gritar tan fuerte como les permite su garganta y aceptar que no exista una consulta popular, siendo este su derecho constitucional; ese grupo de humanos debe declararse en rebeldía.

Si su pacífica protesta se ve aplastada por animales de cuatro patas sin importar su edad, quehacer ni profesión, ya nada puede llamarse democrático y menos si se cubre con la gran mentira de que se enmienda por el bien de la mayoría, que reclame sin descanso por recuperar sus derechos.

Si el pueblo va callando, no porque se ha silenciado, este sigue fortaleciéndose y despojándose de la opresión, buscando la libertad, pero su voz es disminuida ya que no cuenta con los medios económicos para igualar la propaganda y tampoco se prestará para cínicamente despilfarrar en plena crisis económica. Si la cosa sigue así, no podemos afirmar que vivimos en democracia. Y si insisten en llamarlo cambio, pronto descubriremos que el cambio aniquiló la paz de un país diverso pero unido.

Cuando la ideología se usa para irrespetar la voluntad del pueblo, descalificarla y quitar la dignidad de todos porque son o piensan diferente, esto ya no es ideología y menos representará cambio, sino un vulgar disfraz de la época de inocentes haciendo de la democracia un juego de niños malcriados apoyándose internacionalmente en sus símiles que burlan a sus pueblos. En diciembre parece que algo se ha contagiado y quieren diablos disfrazarse de Papá Noel, regalando al pueblo los menos preciados regalos, pues todos son mentiras y engaños envueltos en brillantes papeles con lazos gigantes. Pero hay vientos de cambio y son refrescantes.

A esto debemos apegarnos, a las novedades, a aquello que puede pasar si hay una verdadera unidad y no políticos pretenciosos que creen que pueden llegar solos. Apeguémonos a la esperanza, sigamos el ejemplo de la unión y seremos vencedores. No lo hagamos con intención de venganza pero sí de reconstrucción para volver a ser dueños de nuestro país y de los derechos innatos que nos regala la vida. No es de soñadores, la realidad está a la vista.

mcardenas@elcomercio.org