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Si muchos católicos devotos encargan aún a la parroquia aplicar la misa por la salvación eterna de sus difuntos, tal encargo, hace cuatro siglos, costoso como lo es y sustancial, proclamaba la fe, tanto como el poder económico de la familia del difunto…

El 23 de abril de 2009, asistí, junto a académicos americanos y españoles, a la misa que la Real Academia ofrece cada año ‘en sufragio del alma de Cervantes y de los cultivadores de las letras hispanas’, en la antigua Iglesia de las Trinitarias, calle de Cantarranas, hoy de Lope de Vega. (¡El sabor de los nombres antiguos de las calles madrileñas, alusivos a la naturaleza, a alguna vieja fuente, a un árbol conocido, a los caños en que los vecinos se surtían de agua! Lope estaría feliz si la calle que lleva su nombre siguiera llamándose la de ‘Cantarranas’. También viviríamos mejor nuestra historia si en nuestras ciudades se preservaran nombres alusivos a los viejos usos).

Francisco Rico, gran especialista en el Quijote, señala, sobre la azarosa vida de Cervantes, “el dato de veras significativo de que, días antes de su muerte, Miguel mandó dos misas del alma.

¡Dos sencillas misas, cuando quienes podían las encargaban aun por centenares! Pocas cosas sugieren mejor las estrecheces de sus últimos años”.

¡Dos misas por una eternidad, cuánta pobreza! Noticias de carencias y escaseces que contrastan con el carácter de la obra cervantina que, sin ahorrarnos penas, las envuelve en un manto de esperanza y fe en lo humano.

Su dedicatoria a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, escrita tres días antes de su muerte, dice: “A don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, […] “Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: ‘Puesto ya el pie en el estribo’, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar, diciendo: ‘Puesto ya el pie en el estribo / Con las ansias de la muerte, / Gran señor, esta te escribo.
Ayer me dieron la Estremaunción [sic] y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir’. […] Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos. De Madrid, a diez y nueve de abril de mil y seiscientos y diez y seis años”.

En buena ley, su deseo se cumplió más que si le hubieran sido concedidos cuatrocientos años de vida sobre los 69 de su edad. Paso y permanencia. Así vemos el existir de lo noble, de lo que, construido en el tiempo, merece continuar. Continuidad que, en constante y válida presencia, es auténtica, inspira y enriquece nuestra vida.

Celebramos pasos, clausuramos ciclos casi ritualmente, quizás con ritos vacíos, imitados, falsos, en la esperanza de otro tiempo y otros sueños. Llegue lo que ha de ser nuestro, con la lucidez y el ansia de vivir con que llegó la partida de Cervantes. No importará, entonces, que se celebren por nosotros una misa o dos: se habrá ganado lo nobleza de esa vida que él llevaba ‘sobre el deseo que tuvo de vivir’.