Monseñor Julio Parrilla

Tiempo de solidaridad

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9 de December de 2012 00:03

Será que vivimos un tiempo de estereotipos, tan marcado por las leyes del comercio, de la cultura dominante o del poder, que necesariamente hay que hablar y actuar como mandan los cánones establecidos. Este es el tiempo feliz de la compraventa, del consumo compulsivo, en el que tienes que demostrarte a ti mismo que eres alguien, fiel reflejo de tu nivel adquisitivo. Ir contracorriente no es fácil, puedes sentirte como un cangrejo de mar en el desierto, en un momento en el que ni siquiera ser contracultural está de moda...

En mi niñez la Navidad estaba centrada en el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios...

¿Se dan cuenta? Demasiadas mayúsculas para un tiempo leve, de valores minúsculos, en el que el misterio mayor es saber qué vamos a cenar o qué tendremos que regalar (¡uf, otra vez!) a la suegra... Aquel Misterio lo vivíamos en familia, en torno al Pesebre, la Misa del Gallo, los villancicos, los recorderis y a la compota de ciruelas y manzanas que mi madre (corazón inmenso y manos sabias) preparaba dispuesta siempre a alimentar a un regimiento. Era un tiempo íntimo, pero no solo... Era, sobre todo, un tiempo solidario, muy oportuno para acercarse al dolor humano y sentirse comprometido con el hermano.

Mentiría si no digo que lo echo de menos. A Dios le pido que su recuerdo remueve en mí lo mejor de mí mismo y, especialmente, mis sentimientos y deseos de ser un hombre bueno y humano, atento a los zapatos de mis vecinos, hasta el punto de ponerme en su lugar y andar sus pasos, compañero de caminos y fatigas.

Hoy, lo mismo podemos encerrarnos en casa que en el centro comercial, solos cuando estamos solos e, incluso, cuando estamos acompañados, lejos de soledades buenas que pueden llenar de sentido, de paz y de humor nuestro corazón humano. La asignatura pendiente es siempre la misma: ser uno mismo, fraterno, solidario y capaz de sembrar esperanza en el corazón ajeno. Sólo desde el corazón propio y el del amigo, podremos recuperar el sentido cristiano de la Navidad, tan devorada como está, medio descalabrada e inerme ante un ejército poderoso de ciervos, papás noeles, luces de neón y estrellas fugaces...

Contracorriente, toca resistir y seguir afirmando que se celebra la Presencia de Dios en la tierra. Precisamente por ello, toca abrir el corazón a todas las causas en las que está pendiente la dignidad humana. No es el compromiso de un día, sino de la vida entera, pero, como las estrellas o las luciérnagas en la noche, la Navidad puede iluminar la vida entera. Quedarse en un buen sentimiento, adobado por la nostalgia y los buenos deseos, es insuficiente. La solidaridad nos exige un esfuerzo sostenido a lo largo del tiempo, una actitud ante la vida, una forma de amar. Nada más concreto que colaborar con una iniciativa generosa e inteligente, confiable, concreta y extendida hasta el último pueblito de nuestra geografía empobrecida...

Algo tan sencillo como Cáritas, el rostro de una Iglesia que sigue celebrando, en medio de los hombres, la presencia de su Dios.