Columnista Invitado

La solidaridad como respuesta

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María Clara Martín *
 
En muchos lugares del mundo, la violencia derivada de los conflictos violentos, los grupos extremistas y el crimen organizado se han convertido en algo normal en la vida cotidiana de muchas personas. Esta violencia se ha extendido y ha llegado, de diferentes maneras, a otros países, lo que ha llevado a un debate que opone la seguridad a la protección de derechos y a la admisión de refugiados. Sin embargo, en ninguna otra parte la inseguridad es más visible que en la vida de los 21,7 millones de refugiados, de los cuales aproximadamente la mitad son niños, que han debido dejar sus hogares y amigos, a causa de estos conflictos .

En el contexto global observamos cómo, en respuesta a los flujos de miles de ellos, muchos países, en vez de brindarles la protección que merecen, han cerrado fronteras e impuesto restricciones de entrada, controles fronterizos excesivos u otros requisitos que se justifican en nombre de la seguridad nacional, pero que en la práctica no son efectivos para cumplir con ese objetivo.

Por el contrario, en la experiencia de más de seis décadas del Acnur, las medidas para garantizar el acceso a la seguridad y a la protección de las personas que huyen del terrorismo y buscan protección en otros países también pueden contribuir a la seguridad de los países y de las comunidades de tránsito y de acogida. Un proceso ordenado de recepción de refugiados, por ejemplo con registro biométrico y documentación adecuada, mejora la seguridad de los Estados. Al mismo tiempo, las medidas para proteger los derechos de los refugiados y de los solicitantes de asilo y evitar su devolución a países donde su vida puede estar en riesgo son un elemento esencial de la respuesta humanitaria que los Estados deben dar.

Calificar a los refugiados como amenazas a la seguridad abre la puerta a la retórica xenófoba y racista que está tan en auge en el mundo estos días, y que presenta un gran desafío a la convivencia armónica y a la democracia. Esta corriente de opinión pública, que existe en todos los países del mundo, estigmatiza a las personas refugiadas.

Los ejemplos de solidaridad abundan, y en este sentido el Ecuador ha sido un ejemplo para el mundo en la inclusión de refugiados. En este contexto mundial complejo y preocupante, el Estado ecuatoriano sigue siendo un país de oportunidades para la población refugiada. El mantenimiento de su política de acogida a aquellos que huyen del horror de la violencia es parte de los compromisos adquiridos internacionalmente y de los propios preceptos de la Constitución de 2008.

Hoy, Día Mundial del Refugiado, los instamos a unirse a nuestra campaña #ConLosRefugiados para enviar un poderoso mensaje de inclusión y solidaridad a los gobiernos.

*Representante del Alto Comisionado de NN.UU. para los Refugiados en Ecuador