28 de March de 2011 00:00

Sociedad tumultuaria

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Ortega y Gasset lo advirtió tempranamente: la sociedad moderna se caracteriza por el fenómeno de la multitud triunfante, del lleno, de la plenitud de las masas, del desborde de las instituciones, de la caducidad de lógicas, culturas y sistemas construidos por elites nacidas en poblaciones escasas, y marcadas por los grandes vacíos de las distancias.

Hoy todo está lleno. Casi no hay distancias ni espacios. Vivimos apretados, sofocados por el gentío, sometidos a la tiranía de las colas, abrumados por los embotellamientos. Antes, las multitudes eran fenómenos ocasionales, hechos inusuales que se formaban y desaparecían en una sociedad cuya constante no era la concentración. El tumulto ha pasado a ser la atmósfera en que estamos sumergidos.

La sociedad tumultuosa está arrasando los referentes morales, culturales y políticos, sin que, en su lugar, nazca nada distinto a esa especie de anarquía consentida, inevitable, a la que nos acomodamos sin pensar, sin cuestionar, como ovejas que van al redil empujadas por la presión del río crecido que anula toda voz discrepante. En el proceso de alienación, y de anulación, del individuo, no hay tiempo, ni audiencia, ni conciencia para decir, pensar y proponer algo distinto: todo está marcado por el estilo de las masas, sus gustos, sus caudillos y¿Persona, individuo? Cuidado lo pretendas ser, conductas. La diferencia está condenada a morir, y los “diferentes” están destinados al aislamiento y la sospecha. En este tiempo hay que ser cliente y consumidor que agacha la cabeza a la propaganda comercial, ciudadano que marcha a la concentración a la voz del caudillo convocante, pieza de multitud, número en la estadística, voto en la política. ¿Persona, individuo? Cuidado lo pretendas ser, cuidado dejes de aplaudir, de correr tras el alboroto, de elegir lo distinto.

En la sociedad tumultuaria no existen distancias ni espacios de autonomía personal. No está admitida la libertad de elegir ni de pensar. No. Estamos dos juntos, obedientes, escuchando el mismo discurso, mirando la telenovela, cantando idéntico himno, corriendo al mismo mall, hablando en el mismo tono sobre los temas que nos imponen. Y aplaudiendo, y agitando la banderita del movimiento, o el boleto al estadio, da lo mismo, porque en cualquier evento comercial, político o mediático, el efecto es el sometimiento, la incapacidad de disentir, el miedo a salirse de los cánones impuestos.

Esa sociedad determina todo. Anula la dignidad de los seres. Los mecanismos de manipulación funcionan perfectamente. El sondeo y la encuesta son los termómetros para ver y medir cómo se debe inducir la conducta, anular la libertad y condicionar el pensamiento. Que las personas sean cada vez más clientes del mercado o más “ciudadanos” de unas repúblicas solo son excusa y cascarón.

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