Antonio Rodríguez Vicéns

El poder como virus...

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El español Jordi Gracia, en ‘La resistencia silenciosa’, manifiesta que ha querido observar el franquismo con la actitud de un epidemiólogo, como si “pudiera ceder algunas de sus claves estudiado como virus infeccioso…” El poder -todo poder, más aún el autoritario o dictatorial- contamina a la sociedad con ese virus y produce epidemias destructoras: se multiplican los sumisos e indignos, los falsos y maniqueos y, por supuesto, los defensores de oficio, gratuitos o asalariados, siempre obsecuentes y dispuestos al servilismo y el halago: son como cajas de resonancia de las frases hueras y lugares comunes del poder. ¿Cómo se ha reaccionado ante la mala fe, la insidia y la mentira?

En nuestra historia hay un ejemplo insigne: Juan Montalvo. Nunca perdonó una crítica aleve o artera. Muchas de sus mejores páginas están dedicadas a defenderse, con pasión desbordada e incisiva ironía, de los ataques de sus adversarios. Muy pronto, en la época de la publicación de ‘El Cosmopolita’, aclaró su posición: “Todos tienen derecho sobre mí, ya que el escritor está sentado en el banco de la opinión pública: tienen derecho a corregirme, si yerro; a juzgarme, si cometo delito por la prensa; a castigarme, si se me juzga en justicia y me obstino en no reconocer mis errores. Empero, nadie tiene derecho a insultarme; ni la injuria sirve para nada, sino para fomentar la barbarie, ahogando en el resentimiento y la venganza las más nobles pasiones”.

En diciembre de 1872, Fiodor Dostoievski fue nombrado director de ‘El Ciudadano’. En una corta introducción anunció la publicación en sus páginas de reflexiones sobre “todo lo que se me ocurra o me choque”, que incorporaría a su ‘Diario de un escritor’. Ante la posibilidad de tener contrincantes con quienes no sería posible dialogar, insinuó, con una fábula, su conducta. Un cerdo desafió a un león y, siguiendo el consejo de los integrantes de la piara, se revolcó en una ciénaga. “Llegó el león, husmeó, torció el hocico de allá para acá, y se fue”. Es lo que haría “un hombre decente”, concluyó Dostoievski: anticipaba así, comenta Joseph Frank, su biógrafo, que no entraría en polémicas con “ningún oponente que tenga una fragancia similar”.

Creo-repito esta opinión- que contestar una ofensa con otra es un error: es dar al agresor una transitoria y pírrica victoria. La insidia y la bajeza ajenas, cuando defendemos valores y principios, no deben afectarnos. El nicaragüense Rubén Darío, periodista y diplomático, uno de los grandes poetas de América, nuestro “maestro mágico” y “liróforo celeste”, no cayó en polémicas estériles. Pero en una estrofa terrible, feroz y violenta, publicada en ‘Rimas y abrojos’, dio un consejo que constituye una enseñanza y una advertencia: “De lo que en tu vida entera/ nunca debes hacer caso:/ la fisga de un envidioso,/ el insulto de un borracho,/ el bofetón de un cualquiera/ y la patada de un asno”.