Grace Jaramillo

La sociedad civil

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Parece una entelequia, pero no lo es. Las organizaciones de la sociedad civil representan la simple voluntad de individuos de sacrificar su tiempo, espacio y recursos por una causa o una serie de causas de las que se preocupan particularmente.

No han sido elegidos para ello; a veces renuncian a tener réditos económicos, pero están ahí, luchando, por lo que creen o les apasiona.

En palabras de Robert Putnam, la organización de la sociedad civil resume el capital humano de una región, de un país, porque –a diferencia del poder político o gubernamental- las organizaciones de la sociedad civil son el reflejo más puro de las capacidades y el nivel de desarrollo de los seres humanos en una sociedad y de cómo lo usan para asociarse espontáneamente para mejorar sus condiciones de vida, a pesar de no tener poder ni autoridad legal alguna. Si lo hacen bien, la legitimidad y el apoyo social son sus más seguras recompensas.

El preámbulo sirve para celebrar los 25 años de una organización así, comprometida con el desarrollo del país y con la democracia desde 1990. Fundación Esquel ha hecho casi todo lo que puede pensarse bajo el paraguas de dos conceptos fundamentales de nuestra era: desarrollo y democracia. Y debajo de esos dos paraguas han entrado muchos otros conceptos como inclusión de género, interculturalidad, diálogo nacional, justicia, educación.

Pero por un mínimo sentido de solidaridad, cualquier celebración es inútil si no se reconoce las espadas de Damocles que penden sobre las cabezas de las ONG en el Ecuador a raíz del Decreto 16, incluidas sus modificaciones.

El Gobierno de Alianza País ha desdibujado completamente el concepto de libertad de asociación en el país y, en la práctica, ha limitado la acción ciudadana. La última muestra de esto es el anuncio del cierre de Fundamedios, la única organización sin fines de lucro dedicada a la defensa del periodismo y la libertad de expresión.

La razón es totalmente absurda e injusta, pero poco importa para quienes no creen en la Libertad -así con mayúscula- como principio humano fundamental. No hay que cansarse de insistir que los principios son un todo no divisible, o se los tiene o no se los tiene. Ningún gobierno puede pretender garantizar un derecho solo a cuentagotas.

Su ejercicio pleno no debe depender de la voluntad o peor aún de la discrecionalidad de ningún gobierno de turno. Nunca está demás recordar que, en una democracia de verdad, la libertad de asociación deberían tener poquísimas limitaciones, siendo las únicas importantes: no defraudar al fisco y no dedicarse actividades que inciten a la violencia o el terrorismo.

La democracia solo florece con organizaciones sociales sólidas, participativas, comprometidas. Cuando esto termine, ése debe ser uno de los principales compromisos de la sociedad ecuatoriana, para dejar este presente atrás.

Mi saludo a Esquel y a sus 25 años, mi solidaridad fraterna a Fundamedios.

gjaramillo@elcomercio.org