Benjamín Fernández

La soberbia del poder

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8 de January de 2014 00:03

Nada resulta tan efímero como la percepción del poder como algo inacabado y permanente. Solo los pueblos domesticados por satrapías como las de Corea del Norte donde el Jefe de Estado se solaza miserablemente explicando cómo su tío mentor y exhombre fuerte del Régimen fue devorado por 120 perros hambrientos por acusaciones de corrupción terminan aceptando que no existe otro Gobierno posible que el que llevan años padeciendo.

Cuba es otro ejemplo cercano, donde a pesar de las múltiples experiencias de ajustes y reajustes lo único cierto es que el pueblo vive sin libertad y exportando sus antivalores autoritarios a otros países que se proclaman democráticos. En realidad solo la soberbia del poder pareciera justificar el anhelado concepto de controlar el poder y ejercitarlo para solazarse con él.

El Jefe de Estado que acusa, ofende, amenaza, manipula y castiga a sus críticos para posteriormente perdonarlos por sus acciones no hace más que demostrar su debilidad ante una historia que siempre se encuentra cercana a su final. El que lo sustituya quizás terminará haciendo lo mismo pero en sentido ideológico diferente para mantener inalterable la realidad con la que el pueblo, usado como argamasa, sobrevive cotidianamente. Esta representación de la soberbia del poder es un capítulo de larga data en la experiencia humana que no parecería haberse aprendido como debiera. La única realidad posible en este sainete es el presente en el que el personaje y la obra gira toda su trama haciendo del pasado el nudo de su representación y el centro del ejercicio del poder.

Se gobierna en función de un pasado y nunca en la proyección de un futuro al que se termina hipotecando su capacidad de germinar ciudadanías nuevas sobre la base engañosa que el soberbio del poder es el único capaz de hacerlo.

América Latina está llena de estos ejemplos decadentes y repetidos. Quizás no con obscena y violenta forma en que los coreanos del norte terminaron admitiendo una dictadura hereditaria que incluso tiene la capacidad de amenazar al mundo con su poder nuclear mientras mendiga arroz a su hermano próspero del sur.

En este año que se inicia un rasgo de humildad y de servicio despojado de la soberbia del poder no le vendría nada mal a unos mandatarios que creen tontamente que el poder es eterno y que gobernar con el retrovisor de la historia es la única manera posible de justificarse en el poder. Las acciones del servicio terminan repercutiendo favorablemente a todos cuando la política sintetiza la entrega y no la imposición.

No se pide mucho pero que sin embargo siempre es demasiado para quien detenta el poder desde la atalaya de la soberbia.