Gonzalo Maldonado

Como piedras rodantes

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Muchos filósofos se han preguntado si es posible que los humanos nos sintamos a gusto en un mundo que esencialmente no nos pertenece. Es que la “madre naturaleza” –como la llamó poeta Goethe, primer fundador de un centro meteorológico– jamás ha consultado con nosotros sobre la conveniencia de provocar una inundación, un terremoto o una erupción volcánica. El agua y las piedras simplemente siguen su curso, sin importar lo que suceda con nosotros...

Esta sensación de abandono y de estar librados a nuestra propia suerte –muy presente en los estoicos, en Kierkegaard y en los existencialistas– ha prosperado entre los ecuatorianos tras los primeros días después del desastre.

He sentido un dolor sordo en las personas que estuvieron en el terremoto y en muchas otras que concurrieron para brindar ayuda a los damnificados: ninguna consigue todavía dar un sentido a todo lo que sucedió –creo que jamás lograrán hacerlo– y todos ellos parecen moverse entre la incredulidad y la negación de lo ocurrido.

Avital Ronell, filósofa de la Universidad de Nueva York, cuenta que durante el terremoto de 1989 en Berkeley, California, no sabía si el ‘estacato’ ensordecedor del sismo era una manifestación de su ánimo interno antes que el sonido de las piedras y la tierra chocando entre sí. Para Ronell, aquel desastre fue, seguramente, otra manifestación de la fragilidad de nuestra especie y de la nimiedad de nuestra propia existencia.

¿De qué manera lidiar filosóficamente con hechos trágicos como estos? Conscientemente o no, a mí me ha dado por escuchar a Bob Dylan con insistencia. Su “Highway 61 Revisited” es una oda a la reafirmación personal frente a la adversidad y “Like a Rolling Stone”, el primer corte de ese álbum, es un canto –o incluso un himno– a esa sensación de abandono metafísico que a veces nos atenaza.

“¿Cómo se siente estar sin hogar/como un completo desconocido/como una piedra rodante?”, pregunta Dylan en aquella canción. Más que una queja o un lamento, los versos de Dylan sugieren que la precariedad es el estado natural de los seres humanos y que, por eso mismo, deberíamos aceptar esa condición y aprender a disfrutar de ella.

Aceptar y no negar. Tal vez ahí esté la clave del asunto. De escritores como Proust hemos aprendido que la melancolía no es más que la negativa de una persona a aceptar una pérdida. Por supuesto que no se trata de desdeñar la importancia de un desastre y de olvidar la gravedad de sus consecuencias. Se trata más bien de seguir adelante y ser “lo que el mundo desea que seas”, como aseguraba Gandhi.

En cualquier caso, las notas de Dylan seguirán resonando por mucho tiempo más, recordándonos la necesidad de ayudar a tantos amigos y compatriotas que lo perdieron todo, no muy lejos de aquí.