Óscar Vela Descalzo

El síndrome Judas

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ovela@elcomercio.org
Desde hace décadas se discute el verdadero papel que cumplió Judas Iscariote en la traición y muerte de Jesús. Tras el descubrimiento en Egipto de un códice de aproximadamente
1 700 años de antigüedad, la figura del apóstol cobró una dimensión diferente.

El códice, del que solamente se sabe que data de la época referida, relata ciertos eventos sucedidos días antes de la crucifixión de Jesús. En varios pasajes, Jesús habla con Judas y lo trata con más confianza que a los demás. En esas conversaciones Jesús le habría pedido a Judas que, llegado el momento, le entregara a las autoridades para que pudiera cumplir con la misión que Dios le había encomendado.

En Mateo 26.25 se reproduce así el momento culminante de esta historia: “Y respondiendo Judas, el que le iba a entregar, dijo: ¿Acaso soy yo, Maestro? Y Él le dijo: Tú lo has dicho”.

Varios pensadores creen que estas palabras encerraban una orden consensuada entre los dos amigos y no necesariamente la anticipación de lo que vendría. De este modo, aunque los hechos no cambiaron porque se tratara de una petición expresa de Jesús o de una traición urdida por Judas, lo que sí cambió fue la consecuencia histórica que tuvo este personaje denostado a partir de la muerte de Jesús.

El filósofo Slavoj Zizek, en ‘El títere y el enano’, al respecto opina: “…mientras se quejaba de que alguien fuera a traicionarlo, Cristo le estaba dando a Judas, entre líneas, la orden de traicionarlo, pidiéndole el sacrificio más elevado, no solo el sacrificio de su vida, sino también el de su “segunda vida”, el de su reputación póstuma”. Más delante concluye Zizek: “La Iglesia universal solo podía establecerse mediante la “traición” de Judas y la muerte de Cristo”.

Quienes reivindican la figura histórica de Judas acuden, por tanto, a la necesidad vital de aquel hecho (traición y entrega de Jesús al sacrificio y muerte), para que se cumpliera su destino divino. A partir de esta inmolación del amigo íntimo para lograr la trascendencia eterna de Jesús, surge el otro síndrome Judas, no el de aquel que es capaz de traicionar a quien ama (aún a pesar de cuánto lo ama), sino el que “traiciona” y paga con su propia vida por esa “traición” que permite a alguien más alcanzar un fin ulterior imperceptible para la generalidad de los seres humanos.
 
Mas allá de las teorías y de las cuestiones de fe, de la verdad o falsedad de los textos antiguos, este otro síndrome de Judas explicaría con exactitud el comportamiento de varios líderes políticos modernos y de sus obsecuentes seguidores que, a lo largo de la historia, para bien o para mal, han pretendido inmolarse a sí mismos o han sido victimizados por sus adláteres, convencidos de la relevancia histórica que generaría tal sacrificio. Así hemos visto cómo han entregado sus vidas al servicio del pueblo, a través de su propio Judas, emperadores, reyezuelos, dictadores, caudillos, charlatanes, revolucionarios y tantos otros, solo para alcanzar su trascendencia.