24 de July de 2010 00:00

Simón Bolívar

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Milton Luna Tamayo

Por supuesto que fue un ser extraordinario. A decir de John Lynch, uno de sus más importantes biógrafos, “fue un revolucionario que liberó seis países, un intelectual que debatió los principios de la liberación nacional, un general que libró una cruel guerra colonial”. Fue generoso al extremo, con un liderazgo contundente, arriesgado al límite y dueño de una genialidad innata.

Pero con el paso de los años, como sucede en estos casos, por obra y gracia de muchos interesados, lo único que quedó de él es el mito o el personaje, disputado a dentelladas desde su muerte por políticos de todos los colores y tamaños, izquierda y derecha, grandes y enanos, genuinos y oportunistas: todos autoproclamándose “bolivarianos”.

En tiempos de hipernacionalismo como el que vivimos la visión heroica del pasado cobra renovada vida. La apelación al héroe, al personaje, despojado de todo atributo humano es no solo un dispositivo clave para interpretar (manipular) la historia, sino para crear en el presente el clima que dé vida a los nuevos héroes, “mesías” y caudillos.

De allí que, en este 24 de julio, no quiero recordar al Bolívar “personaje”, sino a la persona. A aquel ser humano, de carne y hueso, que como cualquiera, amaba, festejaba, enfermaba y enfurecía. Que no era semidiós, que tenía defectos, errores, flaquezas.

Frente a graves problemas políticos o militares como cualquier otro se hundía, se desgarraba internamente: “Hasta ahora he combatido por la libertad, en adelante quiero combatir por mi gloria aunque sea a costa de todo el mundo. Mi gloria consiste en no mandar más que de mí mismo' El fastidio que tengo es tan mortal que no quiero ver a nadie, no quiero comer con nadie, la presencia de un hombre me mortifica' por todas partes me asaltan los espantosos ruidos de las caídas, mi época es de catástrofes' ya que la muerte no me quiere tomar bajo sus alas protectoras, yo debo apresurarme a ir a esconder mi cabeza, entre las tinieblas del olvido y del silencio'”.

A un mes de su muerte, en noviembre de 1830, sin poder, perseguido, enfermo y con pena del asesinato de Sucre dio una especie de fatídico testamento: “'1. La América es ingobernable para nosotros, 2. El que sirve una revolución ara en el mar. 3. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos los colores y razas. Sin embargo en parte de su corta vida fue un gran farrista, Don Juan, apasionado amante: “A nadie amo, a nadie amaré. El altar que tú habitas, no será profanado por otro ídolo ni otra imagen, aunque fuera la de Dios mismo. Tú me has hecho idólatra de la humanidad hermosa, de ti Manuela”.

Sí, ese fue también Simón Bolívar, complejo' simplemente humano.

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