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Un millón de palabras nunca serán tan elocuentes como el silencio. Cuando el mundo calla se escucha la historia, se escuchan las verdades y el real sentido de la inacción. El silencio habla y, su realidad, se queda por siempre grabada en nuestros sentidos. Cuando las palabras que deben existir no se escriben ni se pronuncian, entonces, el silencio marca el momento y dice más que una palabra. Cuando las verdades se cubren de silencio, es más evidente que nunca la intención, aquella de no emitir palabras, porque, seguramente, por detrás está la velada verdad que no se puede pronunciar. Las palabras son indispensables cuando se quiere hacer una declaración así como el silencio, la falta de palabras, refuerza la culpabilidad.

Es importante saber callar; saber escuchar es una lección que se debe aprender. Tan necesario como tener la suficiente voluntad para escuchar es tener la fuerza de saber hablar, pronunciar palabras para defender, dejar en claro que no estamos de acuerdo y, un simple no es la mágica palabra que no permite el atropello, el abuso, en definitiva, la distorsión de una democracia.
Cuando la sordera por elección reina tan fuerte como la mudez por necesidad, se acaba la razón. Cuando los líderes, así llamados por su propia vanidad pero, ya no por decisión del pueblo, adoptan esta actitud de poder desmedido, el silencio tanto como el exceso de palabras toman una fuerza inédita que no se puede ni debe pasar por alto.

Las palabras o la ausencia de ellas, cobran fuerza ante situaciones de importancia histórica, como el abuso y atropello de un gobierno que ya ha perdido el respeto dentro de su propio país así como a nivel mundial. Los aliados, los admiradores, de este país, silencian la realidad de un pueblo, diciendo, con exceso de palabras y públicamente, con descaro, que no hay tal, que son inventos de una prensa corrupta y otros que, avergüenza mencionar.

El silencio otorga culpabilidad a quienes lo guardan ante un hecho imperdonable de coerción y atropello a la libertad humana. Es obligación del gobierno romper el silencio con un grito que desgarre la desvergüenza de un sujeto que lastima a su pueblo sin pudor.

El exceso de palabras vacías y falsas no faltan en interminables y constantes engañadoras salidas al aire. El silencio no existe cuando ellos se sienten insultados porque la verdad duele, pero cuando se insulta y falta a la libertad de otros, quienes no comulgan con sus ideas y acciones, sea quienes sean, ni nombres ni apellidos, el silencio se siente y habla a gritos.

El silencio, inteligente y necesario como puede ser, se convierte en una presencia incómoda y vergonzante cuando es indispensable romperlo. El silencio, cuando no toca, los ridiculiza, disminuye y otorga complicidad y, hasta, culpabilidad. ¿Se quedaron sin palabras? La exagerada elocuencia cubre sus deficiencias, el silencio cubre su complicidad en un acto que no tiene ni pies ni cabeza en un mundo democrático, probando, solamente, que la democracia ha sido silenciada.

mcardenas@elcomercio.org