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También en este caso toca ir contra corriente. Me refiero al silencio, difícil de apreciar en un mundo lleno de ruidos. Son tantos y tan intensos que, de un tiempo a esta parte, suelo decir que el silencio es la música que más me gusta.

Hoy, en cualquier lugar en que nos encontremos, todo tiene un volumen excesivo. ¿Se dan cuenta de que las cafeterías siempre tienen un televisor encendido al que nadie hace caso? ¿Se dan cuenta de que en el autobús o en el restaurante siempre hay alguien que habla por teléfono sin ningún pudor, sin el más mínimo sentido de intimidad o de comedimiento?

Hasta en las iglesias, el volumen de la música, reforzado por una pésima megafonía, se afana por alejarnos del reino de los cielos…
Frente a todas estas agresiones, tendríamos que educarnos en el silencio exterior y, sobre todo, interior. Solo así seremos capaces de escuchar y de escucharnos a nosotros mismos.


La mayoría de la gente piensa que cuanto más alto habla más razón tiene. Y quizá piensa, o siente, que en medio del ruido la soledad es menor. Muchos de nuestros jóvenes, abstraídos y ausentes de la realidad, incapaces de contemplar, analizar y dialogar, se aíslan y se encierran en sí mismos, enchufados en sus auriculares. Nunca hemos tenido tantos medios tecnológicos, pero nunca hemos estado tan incomunicados y tan solos.

La preocupación por los medios nos ha llevado a vaciar de contenido muchas de nuestras relaciones.
Nos olvidamos de que el silencio es la garantía de la escucha, de la meditación, de la oración, del encuentro,…

Y, al mismo tiempo, no nos damos cuenta de que el ruido aturde, no nos deja reflexionar ni profundizar en lo mejor y en lo peor de nosotros mismos y de los demás. Una vida sin silencio resulta ser bastante superficial y confusa.

¿Seremos capaces de promover un crecimiento en las relaciones interpersonales que vaya más allá de lo emocional? ¿Seremos capaces de vivir el presente con intensidad, de forma humana y liberadora, frente a la ansiedad por el futuro? Mucho dependerá de la capacidad que tengamos de pensar, de analizar la realidad y de ubicarnos de forma crítica ante ella.

El silencio no es neutro; siempre será nuestro mejor aliado o nuestro peor cómplice.
Es cierto que puede haber silencios culpables, por comodidad o cobardía. Martin Luther King lo expresó bien: “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos como del estremecedor silencio de los bondadosos”.

Hay que estar atentos a no caer en la tentación de guardar silencio ante la injusticia, expertos como somos en mirar hacia otro lado, sobre todo, cuando sentimos amenazada nuestra tranquilidad o nuestros intereses o, simplemente, no queremos complicarnos la vida. Sin caer en este lado oscuro, láncense sin temor en este océano luminoso que es el silencio. El mejor lugar para encontrarse con Dios.