14 de May de 2010 00:00

Siguen saltando chispas

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Abelardo Pachano

La crisis mundial continúa dando coletazos. En sus inicios a mediados del 2007, e incluso ya entrado el 2008 muchos creían que era un problema de los EE.UU. El Gobierno local manifestó que no era motivo de preocupación nacional. Ahora Europa, que se creyó libre de culpa, vive un episodio doloroso que unos esperan se cierre con la solución, si la hay, del caso griego, mientras otros creen que es el comienzo de un contagio inevitable. Hay un feroz debate entre los optimistas del euro y sus detractores, aunque coinciden en que la recuperación va a ser larga.

Lo cierto es que los costos de los malos manejos económicos, que en el caso griego se agrava por la manipulación de los indicadores económicos, mezclados con las secuelas fiscales de las decisiones de supervivencia tomadas para evitar una catástrofe general (que fueron inevitables), han puesto sobre aviso de una manera muy temprana a los mercados financieros, que viendo el tamaño de los desequilibrios, la historia crediticia de algunos países y más que nada las posibilidades reales de recuperación con una moneda a la cual no la pueden devaluar, demuestran resistencia a refinanciar las obligaciones que están por vencer. Y la verdad es que al ver los montos, los nervios se encrespan pues otra vez son demenciales, pero ahora tienen otros jugadores.

Reaparece ese terrible enemigo conocido como “cierre de mercados”, que al ver nubes negras en el horizonte estrangula a las economías y altera su aparente tranquila convivencia. Sólo cambia de actitud cuando siente que los gobiernos enfrentan los desequilibrios, despejan las nubes, ponen los pies sobre la tierra y como saben que se acabaron los créditos, ya no hay quién preste, no les toca más que vivir con lo que se tiene y puede. Y eso es muy cruel después de haber dilapidado oportunidades.

El nudo gordiano de toda esta circunstancia para los países miembros de la UE es su adhesión al euro, su consolidación y la inexistencia de un retorno al mundo anterior, lo cual les impone limitaciones severas en los desequilibrios de sus políticas económicas, pues la recuperación de su viabilidad económica por la inflexibilidad en reducir los costos de producción para recuperar la competitividad internacional, se convierte en una tarea dolorosa que demanda gran sacrificio y mucha perseverancia.

Para los países dolarizados la lección también es idéntica y por fortuna anuncia sus daños en espalda ajena. Enfrentan los mismos dilemas y tienen las mismas restricciones. La ortodoxia económica es la receta que ofrece bienestar, mientras los excesos fiscales, la carencia de ahorros internos, el manejo desaprensivo de los costos por la vía de la inflación o los salarios y el consecuente cierre de mercados, ofrece un horizonte que algunos no lo ven pero que trae daños sociales enormes.

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