Juan Valdano

Entre Shakespeare y Newton

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Luego de mucho tiempo volví a leer ‘Mac­beth’, la tragedia de Shakespeare. ¡Cuánto ahondamiento en el corazón humano! La gran literatura nunca dejará de ser un espejo vivo de la naturaleza humana, un lenguaje a partir del cual interpretamos el mundo.

Desde que se inventó la escritura como signo gráfico de la palabra fonética, el hombre ha buscado acumular en ella la totalidad de su experiencia. La poesía, la mitología, la filosofía, la historia se hallan represadas en el lenguaje escrito. Sin embargo, el entendimiento siempre estará por encima del lenguaje, de su lógica, de su sintaxis y del tiempo. Muchos aspectos de la realidad están fuera del ámbito verbal. La pintura y la música son otros modos de comunicar la sensibilidad que se revelan utilizando sus propios lenguajes: la imagen y la notación musical.

Y ello no es todo, hay “acciones del espíritu enraizadas en el silencio” (G. Steiner). La contemplación mística de los santos supera las escalas del lenguaje verbal y sensorial. Para los místicos el perpetuo silencio es la contemplación del empíreo. (Hay un vocablo que alude a esas irrepetibles experiencias: lo inefable). Para el taoísta es el despojamiento. Para nosotros, el vacío cósmico es algo terrífico. Pascal exclamaba: “me aterra el silencio de los espacios infinitos”. Según Wittgenstein, el lenguaje tendría una incapacidad inherente para describir el mundo, por ello, “el lenguaje solo puede ocuparse significativamente de un segmentorestringido de la realidad particular. El resto –y, presumiblemente, la mayor parte- es silencio”. Y si no es silencio ni es palabra es número.

A partir del siglo XVII, y con el desarrollo de las ciencias exactas, el pensamiento matemático adquirió un lenguaje autónomo, independiente del discurso verbal y con una notación simbólica que lo volvió intraducible al idioma común. Hasta entonces, las matemáticas clásicas habían recorrido un brillante camino en el que su lenguaje se había adaptado a las proposiciones verbales.

Pero en el siglo de Newton y de Leibniz se inició una revolución intelectual que cambió para siempre la relación que el hombre había tenido con la realidad, lo que transformó sus esquemas de comprensión del mundo. Las claves del conocimiento de la realidad se encuentran hoy fuera del ámbito del lenguaje verbal.
Esta expansión de la ciencia moderna ha provocado, en la experiencia del hombre contemporáneo, la división entre “dos culturas”: la cultura humanística y la cultura matemática.

Para mucha gente, quien no ha leído el Quijote es tenido por inculto; igualmente, quien desconoce los secretos del cálculo diferencial de Newton es también un inculto. Y este es mi caso. Nada raro es entonces que instalado, como estoy, en el mundo de la especulación literaria pueda departir, a mis anchas, con amigos como Cervantes, Montaigne o con Borges y, en cambio, permanezca fuera de las ciudadelas de la matemática donde no me atrevería a entrar por no sentirme igual que lego en concilio de teólogos.