Sergio Dahbar

El pistolero sin nombre

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17 de julio de 2014 00:00

En menos de un mes se cumplirán cincuenta años del nacimiento de una leyenda, la del aventurero sin nombre y misterioso, que se juega la vida en el lejano oeste entre asesinos renegados y militares sin piedad. Así comenzó la gloria de Clint Eastwood.

Corría 1964 y este actor en ciernes que protagonizaba una serie de televisión en Estados Unidos, Rawhide, aprovechó unas vacaciones para viajar desde California a Roma y Almería. Iba a protagonizar una película de un director gordo, que no sabía escribir y que no hablaba una palabra en inglés.
El director se llamaba Sergio Leone, y la película ‘Por un puñado de dólares’. Se estrenó en un cine de la ciudad italiana de Florencia, en pleno mes de agosto, cuando los italianos huyen del calor de las ciudades hacia la playa.

Para disfrazar aquella producción filmada en estudios de Roma y en los valles de Almería, pero que pretendía ser una ficción estadounidense, Leone pasó a llamarse Bob Roberti, el autor de la música Ennio Morricone fue rebautizado como Dan Savio, y el único comunista del grupo, Gian María Volonté, John Welles.
Semejante camuflaje no surtió efecto ni en Florencia ni en Sorrento, donde había un mercado cinematográfico con distribuidores que compraban producciones. Nadie se interesó.

Todo empezó mal: el mes, el día, una sola ciudad. Lo único que ayudaba era que el cine quedaba cerca de una estación de trenes y la gente pasaba por el frente de la sala en las mañanas y las noches. Justo cuando iban a retirarla del cine, las localidades se vendieron. Y así al día siguiente.

Solo en Italia ‘Por un puñado de dólares’ se convertiría en lo que los americanos llaman un unsleeper (batacazo): acabaría recaudando 4 millones de dólares. En otras ciudades europeas ocurriría lo mismo. Fue la revelación inesperada de ese año 1964.
Todo era muy extraño. Una película clase B, filmada en escenarios españoles, que remedaban las historias de acción de la fundación de Estados Unidos, y que además había tomado el argumento de una película de Akira Kurosawa (Yojimbo, 1961). Lo que era curioso, y en ese momento absolutamente desconocido aún, es que de esta manera tan particular nacía el western spaguetti.

Cuando Kurosawa se enteró de que habían tomado su guión de Yojimbo sin su permiso, demandó a los productores. Esto trajo una disputa que se solucionó más tarde con una tortuosa negociación: todos los ingresos de taquilla de la película en Japón debían quedarse en las arcas de Kurosawa.

Por un puñado de dólares, como Yojimbo, recrea la historia de un delincuente solitario que va a parar a una ciudad fronteriza mexicana, donde dos bandas se disputan el poder. El personaje sin nombre interactuará en el medio de las ambiciones de los bandidos, que al final mueren todos acribillados. Solo el hermético forastero queda con vida. A veces los mitos maduran bien.