Gonzalo Ruiz

Ya nada será igual

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Cunde la espantosa sensación de que ya nada será igual. La semana trajo la reacción fuerte de Francia para blandir la espada de la guerra contra el Estado Islámico. 
Será en aquellos puntos donde la ocupación militar es identificable.

Mientras, allá, en las tinieblas, en el terreno de la clandestinidad y el anonimato que el grupo terrorista domina bien, en ese ‘escenario’ la guerra 
es otra cosa y su resultado, incierto.

Luego de los ataques que revivieron el horror de la masacre en la revista Charlie Hebdo, de enero, la idea de la vulnerabilidad se expandió sobre París.

Es cualquier punto: una sala de baile, un estadio, una esquina animada por la charla. Una incertidumbre que no es nueva –recuerdo un desalojo por amenaza de bomba fallida en coche y una estación del metro cerca del Marais, en 1996– pero que se refresca sin explicación.

El recelo llegó a Bélgica por la sospecha del barrio donde un cabecilla del horror anidaba su maldad. Ayer se prendieron las alarmas en el metro de Bruselas y en Turquía.

La semana también trajo el nuevo derramamiento de sangre en Nigeria. Boko Haram mató a 32 inocentes y quedan 80 heridos. Hará un par de meses que el ejército liberó a 338 rehenes.

Aún quedan las imágenes de las muchachas que se llevaron como esclavas. Boko Haram es otro grupo fundamentalista que asola África central. Ahora atacaron Malí y el Presidente francés, dolido él, se toma a pecho todos los duelos y ofrece ayuda al país africano.

Da la sensación de que todo es un brote que se contagió por el planeta, con mayor rigor, desde la ‘Primavera Árabe’. Siria ya cuenta 250 000 muertos en su guerra civil.

Pero en otro continente el drama de las ­Torres Gemelas no se olvida.
Es hora de volver a leer ‘La Yihad’ de Kepel, el ‘Choque de civilizaciones’ de Huntington y tratar de entender esta nueva era que nos trae las divisiones religiosas más despiadadas. Oriana Fallaci, desde su radical xenofobia, lo advertía.

Por ahora, la ilusión de tomar un café en una esquina cualquiera de París solo sugiere miedo profundo al porvenir.