Vicente Albornoz Guarderas

Señor, quítame un ojo...

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Había una vez un reino con dos súbditos que peleaban todo el tiempo. Tal era el nivel del conflicto, que se volvió en un problema para el rey.

Por eso, decidió intervenir en la pelea y, tomando a uno de los dos, le dijo “Pídeme lo que quieras. Pídeme lo que quieras y te lo daré. Pero, te advierto que a tu enemigo le daré el doble”.Ante eso, el hombre meditó su respuesta y contestó: “Mi señor, quítame un ojo”. Con eso, él quedaría tuerto, pero el otro quedaría completamente ciego.

Esta historia, que aparece en varios lugares y en múltiples idiomas, en algunas ocasiones termina ahí, mientras que en otras se prolonga por varias iteraciones en las que, turnándose, los dos piden “córtame un brazo”, “quítame una pierna” u otras cosas más, siempre satisfechos al saber que el dolor que están causando a su enemigo es mayor que el dolor que ellos mismos tienen que soportar. La alegría de ver al prójimo sufrir.

Este cuento, con toda seguridad ficticio, no es más que una fábula sobre uno de los pilares que ha sostenido a algunos de los gobiernos de América Latina en los últimos 15 años
(y a muchos gobiernos más a lo largo de la historia).

Cuando se ve la situación de Venezuela, es difícil entender cómo Nicolás Maduro sigue en el poder. La única explicación posible es que tiene que haber un grupo importante de venezolanos que lo sigan apoyando.

Estamos hablando de un país con un tipo de cambio que, cuando Chávez llegó al poder, era de 500 bolívares por dólar y actualmente está en más de 200 000 nuevos bolívares (o sea, 200 000 000 de los bolívares viejos). Un sitio donde la inflación, está cercana al
3 000%. Un lugar en que los precios se multiplican por 30 en un año.

Venezuela, el país con las mayores reservas petroleras del mundo tiene actualmente unos niveles de desnutrición y de violencia que empiezan a acercarse a aquellos de regiones que están en guerra. El colapso del país es inminente y será única y exclusivamente por culpa de su mal gobierno.

Pero Maduro tiene mucha gente que lo apoya. ¿Por qué? Una explicación es que muchos están contentos al ver que quienes alguna vez tuvieron una posición acomodada, ahora pasan por serias estrecheces. Y si bien la calidad de vida ha empeorado para todo el pueblo venezolano, la caída es más grande para aquellos que alguna vez fueron la clase media de ese país y que, posiblemente, fueron objeto de la envidia de otros.

Sólo la envidia permite entender que la presidenta de un parlamento pase por experta en coprofagia (alimentación con excrementos), se alegre que a los “ricos” les ocurra eso y, a pesar de eso, no tenga que renunciar a todo cargo público por el escándalo que debió haberse armado y no se armó porque demasiados estaban de acuerdo con ella.