María Cárdenas R.

Una sana envidia

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Hace mucho tiempo conocí a una joven periodista que -se veía- tenía un brillante futuro por delante. Entonces era reportera y le acompañaban esa soltura y compromiso con la honestidad y la verdad, esa necesidad de ser tan verdadera y auténtica consigo misma como con quienes se había comprometido al escoger su profesión.

Subió los escalones dentro de su pasión y se convirtió en la cara del noticiero para el cual trabajaba, manejando la seriedad y frescura que sus ojos transmiten y lo siguen haciendo; no tuvo miedo: su compromiso con la verdad. Las circunstancias y la fortuna le acompañaron y hoy es la dueña de un derecho que pocos tenemos dentro de la misma profesión, innato al ser humano: la libertad de expresión y, por lo tanto, el cumplimiento de un compromiso, la práctica de la verdad sin miedo alguno.
Salió del país, su espíritu investigativo la lleva por los caminos que debe recorrer sin la limitación de lo que se puede decir y no, de preguntas permitidas o no, de comentarios permitidos o prohibidos.

Fuera de Ecuador se practica la libertad de expresión sin persecución ni el riesgo de caer en la lista negra que permite, ahí sí libremente, sin respeto por la persona ni sus convicciones e ideas, sean estas personales o profesionales, el insulto sabatino, la persecución, que muchos -con valentía y estoicismo- han debido soportar.

Aunque su nombre no importa sobremanera, Andrea Bernal disfruta con valentía y sinceridad de la libertad desde la pantalla de NTN24. Desde allí, inclusive, puede abiertamente entrevistar a los actores ecuatorianos que, aquí mismo, deben velar sus opiniones porque también reciben preguntas que no son ni chicha ni limonada y a riesgo de perder mucho, hasta su libertad corporal. Así, los ecuatorianos, a través de los canales internacionales, nos enteramos más de la realidad que nos rodea que por los medios nacionales y para seguir con la parodia, incluyo a los “corruptos” y no. Entiendo el temor de multas inconcebibles, de controles sin nombre y más, que de mencionarlos todo, necesito una página entera, por lo menos.

Simplemente, si nos comparamos con el exterior, hemos perdido en casi una década, el derecho a la verdad, a ser auténticos, a ser diversos y aportar, ya sea criticando o no, con esas diferencias de percepción de la realidad. Está por demás decir que nuestra palabra e ideas han sido sitiadas por el miedo a un gobierno dueño de todos los controles y que cuando le falta alguno, lo crea.

Sana envidia por los periodistas que practican su obligación y compromiso de informar la verdad y son respetados, sin importar a quien denuncien, desde al presidente; cuando toca, obviamente hay que felicitarlos.

Sana envidia por los presidentes íntegros que en su posición no abusan del poder y soportan respetuosamente las opiniones de sus seguidores u opositores demostrando una madurez personal y política que nos pone verdes pero de la envidia y no intentan pintar de verde a toda su población por obligación.

mcardenas@elcomercio.org