Lolo Echeverría Echeverría

¡Salven la consulta!

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La política es incomprensible cuando las situaciones son complejas y queremos simplificarlas o cuando circunstancias y personas que son simples pensamos que deben guardar algún misterio escondido, algún proyecto subterráneo. Es lo que nos está ocurriendo en el Ecuador de una consulta popular que creemos va a revelar la nítida verdad escondida en la maraña de absurdos aparentes, por eso todos apostamos siete a uno en la consulta, por eso gritamos siete veces: ¡salven la consulta!

No es posible que la política exterior sea tan torpe, no, nadie podrá engañarnos, debe haber complejidades de la geopolítica que escapan a nuestros ojos; tal vez un día nos descubrirán la sabiduría escondida allí donde solo vemos ineptitud y picardías de pazguatos. Falta que nos digan que la consulta nos descubrirá las claves.

Nadie puede dilucidar el acertijo: una fiscalía sometida a investigación por parte de la fiscalía bajo la protesta enérgica de la fiscalía porque no existen, según Contraloría, los papeles de Contraloría que sirven de base para indagar . Tras la consulta, pensamos, se verá con claridad cuál fiscal es el culpable y cuál el pusilánime; cuál Contralor el descubridor y cuál el encubridor.

Es un enigma indescifrable que un movimiento político sea el ganador y el perdedor de las elecciones; sea el gobierno y la oposición; que esté dividido y vote de manera unitaria; que sus integrantes sean los traicionados y los traicioneros; que sea el encubridor de la corrupción y el investigador de la corrupción. Solo la consulta, creemos, nos revelará en cuántas partes está dividido el movimiento Alianza País, cómo se repartirán las culpas, quiénes seguirán en el gobierno y quiénes pasarán a la oposición. Fiando como estamos todo a la consulta, debemos preguntarnos si los resultados pondrán fin al populismo o le darán continuidad. Porque es el populismo el que no puede lidiar con la complejidad, el que se mueve a gusto en el autoritarismo y la magia.

Al populismo la verdad le quema los ojos; prefiere el mundo ambiguo de las apariencias y la confusión. Detesta las preguntas, se mueve en el ámbito de las declaraciones que consiste en establecer su verdad, o verdades alternativas como está de moda en la era de la posverdad. Ya no cuentan los hechos objetivos sino las emociones, las creencias, los deseos del público. El populismo construye un mundo de silencios, ingenuidades, contradicciones y gestualidad que inquieta pero domestica; termina imponiéndose porque parece inofensivo.

Por demasiado tiempo confiamos la política a charlatanes que parecían saberlo todo. Entonces se podía decir de ellos lo que Talleyrand decía de Fouché: “Si este hombre, además de saberlo todo supiera algo más, se convertiría sin dudas en el dueño de Francia”. La charlatanería nos llevó a devaluar la palabra y la racionalidad, ahora no hace falta saber nada, siempre creeremos que hay algo escondido, un misterio que revelará el sentido algún día.

lecheverria@elcomercio.org