Diego Pérez

Salvad a la reina

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5 de June de 2011 00:03

Quizá ninguna banda de rock tenga el penetrante sentido de la teatralidad y de la épica que caracterizan a Queen desde hace cuarenta años. Aunque Mercury esté bajo tierra, aunque el clásico Queen en el fondo ya no exista. Nada de eso importa. Y en la misma línea de lo anterior, nadie ha igualado a estos ingleses en lo tocante a su sonido macizo y ostentoso, grandioso y sólido, que combina en ocultas dosis y proporciones el pop pesado con la inteligencia y la agudeza.

Manos a la obra. Es hora de desarrollar la hipótesis central de este artículo: la teoría respecto de la teatralidad y de la épica de Queen. Quizá una de las claves más notables de este lado teatral y altisonante radique en la simbiosis entre el célebre Freddie Mercury (el vocalista del grupo, muerto en 1991 con SIDA) y el guitarrista Bryan May, quien también es astrofísico (de hecho, le han puesto su nombre a un asteroide). Cuando Mercury aportaba el desplante y el drama –solía ceñirse una corona y echarse a los hombros una capa sobre el escenario- May aportaba las inmemoriales industrias de un guitarrista virtuoso. Si Mercury a veces se volvía olímpico y exagerado (o, en términos políticos, altivo y soberano) May por lo general alternaba con uno de sus solos magistrales y celestiales. Con esto no quiero degradar o devaluar a Mercury, uno de los más grandes cantantes e intérpretes de la tradición del rock, sino resaltar la potencia de la apropiada combinación entre ambos músicos. Es más: si no era por su portentosa voz y por sus dotes de líder de la banda, estoy seguro de que Mercury habría destacado en las tablas.

El aspecto épico, me temo, no está enteramente separado de la teoría de la teatralidad expuesta líneas atrás: el de Queen es rock a lo grande, para llenar estadios, para empujar a los fanáticos hasta los perímetros del delirio, para cruzar océanos y conquistar continentes. Es rock ambicioso y de anhelantes perspectivas. En esto de lo épico el mejor ejemplo es el cambio, magistral y solemne entre “We will rock you” (ruda y casi salvaje) y “We are the champions” (dócil y a fuego lento).

Y es aquí donde – con la asociación entre Mercury y May haciendo las veces de cimientos- Queen se consagra como un grupo de verdad, un cuarteto de potencia al que no le falta nada, al tiempo que le sobran poder, soberbia y adrenalina. Aquí destaca el Queen arrogante e imperial, que se ganó a pura palpitación un escaño en las memorias del rock, abriéndose paso entre los monstruos del aparatoso glam y del ruidoso punk. Aquí destaca el Queen que hace las veces de último baluarte del imperio británico, de centinela majestuoso. Dios salve a la reina.