Juan Cuvi

Salud medicalizada

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31 de May de 2012 00:01

Nuestro sistema de salud continúa atrapado por el uso irracional de medicamentos. Así lo confirma una reciente investigación realizada por EL COMERCIO. Los 10 medicamentos más vendidos en el Ecuador no corresponden al perfil epidemiológico del país; es decir, no sirven para tratar las principales enfermedades de las que adolecemos los ecuatorianos. A su vez, se trata de medicamentos comerciales o “de marca”, lo cual implica que tienen un mayor costo para el bolsillo de los usuarios y para las arcas públicas que financian la gratuidad de los servicios de salud. Finalmente, todos son producidos por transnacionales farmacéuticas, con lo cual se confirma la condición de marginalidad que mantiene nuestra industria en este terreno.

La situación descrita evidencia una flagrante contradicción con la Constitución de 2008, específicamente con el artículo 363. Dicho artículo consagra, entre otros puntos, la responsabilidad del Estado para promover la producción nacional y la utilización de genéricos de acuerdo con las necesidades epidemiológicas de la población. Ninguno de estos propósitos se está cumpliendo.

Recientemente, el Instituto Nacional de Compras Públicas (Incop) recibió un reconocimiento internacional por los procedimientos implementados precisamente en el proceso de compras públicas de medicamentos. Este mérito, sin embargo, contrasta con las deficiencias del sistema de salud. Es una paradoja administrar adecuadamente una parte del sistema mientras subsisten anomalías e irregularidades de fondo. Dicho de otro modo, el Incop aplica medidas técnicas y administrativas que, pese a su eficacia, no logran corregir falencias estructurales que se acarrean desde hace mucho tiempo. Es más o menos como mantener limpia el agua de un cántaro roto.

La explicación del problema radica en la perpetuación de un modelo basado en la medicalización de la salud. Ni leyes ni buenas intenciones logran revertir una tendencia cada vez mayor a la instrumentalización de la medicina. Se promociona el uso de equipamiento, infraestructura e insumos como una respuesta inmediata y milagrosa a problemas que requieren de políticas de Estado, de educación ciudadana y de conciencia preventiva. Se fetichiza al instrumento.

Ahora bien, el uso indiscriminado y desproporcionado de medicamentos no responde únicamente a una concepción biomédica de la salud, sino a un jugoso negocio. Aquí juegan por igual fabricantes, prescriptores, expendedores y publicistas. Como lo reseña la investigación de marras, una buena parte del consumo está motivada por las estrategias de publicidad. En este punto también se contraviene la norma constitucional, que establece la prevalencia de los intereses de la salud pública sobre los económicos y comerciales.