29 de July de 2010 00:00

Salón de Julio

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Alexandra Kennedy-Troya

Proliferan los salones de arte en Ecuador, la mayoría municipales vinculados a celebraciones de fechas importantes. Aunque el salón es una figura demodé en el mundo de las artes, resulta necesaria cuando pensamos que son pocos los espacios que nuestros artistas tienen para ganar un premio económico que les permita sobrevivir y seguir creando. En la última centuria hemos visto el degradamiento de los mismos; decenas de “artistas” mandan obra de pacotilla. Simplemente prueban fortuna. Hasta hace menos de una década los directores de cultura o de museos municipales aceptaban todo el envío aduciendo de manera demagógica y populachera que eran actos democráticos. El 51 Salón de Julio abierto hace pocos días en Guayaquil, corrobora la creciente tendencia de seleccionar lo mejor a través de un jurado de admisión y premiación y cuyos integrantes son profesionales reconocidos en el mundo de las artes contemporáneas de América Latina. De 132 obras se escogen ocho. ¡Bravo por la decisión!

Este Salón, como muchos en Ecuador -la Bienal de Cuenca, por ejemplo- están destinados a la pintura. Con gran visión ambas citas artísticas han modificado sus bases con el fin de integrar lo que se conoce como “pintura expandida”, en vista de que la pintura como se la entendía hasta las primeras décadas del siglo XX es considerada actualmente solo una parte de este rico mundo de la policromía aplicada a diversos soportes. Los premios segundo y tercero de Santillán y Terreros corresponden a esta modalidad. La Bienal antepasada se premió a Juan Pablo Ordóñez con “Grafías”, luces solares reflejadas en el muro del monasterio concepcionista de Cuenca. Además de corroborar la necesidad de comprender el mundo de la pintura con más actualidad, se apoyó de manera decidida la capacidad de crear obras intangibles.

Los denominados “Projects on site” como el de Santillán con ‘La ventana impasible’, fue realizada tras enviar las debidas instrucciones y haber sido aceptada por el jurado. Es una ventana neogótica picada en la pared y cuya sombra se realiza en el piso con trozos y polvo organizando lo picado, se descubren las tenues presencias de la cotidianidad, una contrarrevolución del espíritu, un cuestionamiento a los lugares comunes. Además, señala la necesidad de cuestionar el acopio de obra en bodegas abarrotadas de pintura de mala calidad; también es parte del mundo virtual y de menor consumo al que nos vemos abocados con urgencia.

Este Salón es un deseo de elevar la calidad de este tipo de citas, de respeto de aquello que decía el Príncipe de Asturias al entregar el Premio Velázquez: “El arte es un espacio que deja abiertas las puertas a la duda y a la inviolable libertad de opinión”.

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