18 de April de 2010 00:00

‘Salesianos, ¡bueno!’

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Monseñor Julio Parrilla

Me he preguntado muchas veces ¿por qué los salesianos tuvieron tanto éxito y se extendieron de forma tan asombrosa por el ancho mundo?

Hoy, en cualquier rincón del planeta hay un taller, un oratorio festivo, un club juvenil, una escuela, una universidad, una editorial, una parroquia, una misión arriesgada, ya sea en la selva amazónica o en la del asfalto.

Trataré de responder desde mi propia experiencia personal, iluminada por el hecho de ser antiguo alumno salesiano y haber pasado en la Congregación diez años hermosos y apasionantes de mi vida.

Los salesianos me enseñaron algunas cosas importantes:

* Un profundo amor al Dios de Jesucristo. Mientras hombres y religiones alzan sus manos para alcanzar y aplacar al Altísimo, el Dios de Jesús se baja y se hace presente en medio del pueblo, cercano y Salvador. Jesús estaba en el patio del colegio, en la cancha de básquet, en el escenario del teatro, en la liturgia viva,...

Y los salesianos nos lo recordaban jugando, cantando, rezando con nosotros. Dios formaba parte del equipo y, lejos de ser un extraño, era un amigo.

* Me enseñaron también un profundo amor al hermano, especialmente al necesitado.

Lejos estaba yo de pensar que mis amigos y hermanos cotidianos estarían tan distantes de mi tierra natal, de mis amores primeros,...

Los salesianos prepararon mi corazón para descubrir que cualquier persona es mi hermano, con quien puedo compartir la fe, el amor y la vida, por encima de su raza, su fortuna o su fe.

* Ellos, los salesianos, me embarcaron en un viaje sin retorno que, con el tiempo, sólo se fue aquilatando: me refiero al amor por los jóvenes, el gran latido del corazón de Don Bosco.

De su mano, y haciendo camino con los jóvenes, he comprendido que allí donde un joven crece no hay tierra extraña.

Nuestro gran desafío (el de la Iglesia y el de la sociedad) son los jóvenes.

Lo que está en cuestión es nuestra capacidad de integrarlos en procesos liberadores, éticos y propositivos a favor de un mundo más humano, justo e incluyente.

Estas cosas (y algunas otras, tales como leer, escribir, pensar, ser crítico, cantar, declamar, amar a Dios y, de forma tierna, a la Virgen María) me enseñaron hombres excepcionales cuyos nombres están grabados en mi corazón.

Don Bosco fue un gigante a cuya sombra crecieron (crecimos) miles de jóvenes en todo el mundo.

Cuando el pasado jueves recibí las reliquias de Don Bosco en la Catedral Metropolitana de Quito sentí la gran devoción de abrazar mi propia juventud y de evocar como viva la presencia del Padre y del Maestro.

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