Milagros Aguirre

El sainete

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Sainete: pieza teatral en un acto, de carácter jocoso, que se representaba en el intermedio o final de una función.
O: situación grotesca y ridícula.

Si la vida política ecuatoriana fuera una compleja pieza teatral, los sainetes, entre cada acto, van siendo innumerables. Unos dan risa y otros, lástima y vergüenza: se corresponden a la segunda definición: situación grotesca y ridícula.

De tantos y tan cotidianos, olvidamos la trama verdadera, la que nos convierte en partícipes, cómplices y encubridores de la tragedia, actores secundarios de un drama que parece no tener fin.

Por estar pendientes del vergonzoso sainete de los concejales y sus deslices amorosos, asunto que no le debería importar a nadie, dejamos pasar, sin chistar, el combo del negocio del Metro de Quito.

Por distraernos con el sainete del funcionario que le reclama al cura por haber hecho un tibio –más bien frío- llamado al diálogo, dejamos de lado los balances deplorables de las jornadas de protesta.

Concentrados en el sainete, con máscara y mascarada, de la recordación de un motín, olvidamos que el desenlace de ese triste episodio fueron muertos, heridos, presos y perseguidos.

Entre actos nos quedamos impávidos al escuchar que la carestía de la vida –y la estampida de gente haciendo mercado en los países vecinos- tiene que ver con la imposibilidad de aplicar una de las medidas más neoliberal de entre aquellas medidas adoptadas durante la que llamaron la “larga noche”: la devaluación de la moneda. Resulta que ahora… ¡extrañamos la devaluación!, digna pieza jocosa para el teatro ecuatoriano.

En esos entremeses cómicos musicales se nos pasa por alto el derroche de recursos o leyes que se aprueban bajo la mesa, mientras atónitos escuchamos la increíble historia de cómo una mujer –Manuela- pasa de agredida a, según la voz oficial, capaz de agredir a un pelotón ella sola.

Entretenidos en los sainetes dejamos de lado que el país petrolero ahora importa petróleo; que los que son más, muchísimos más, son los chinos a los que hemos vendido todo el petróleo; que ya se acabó la plata y que poco queda para cubrir las emergencias y que, para colmo, tenemos un volcán en proceso de erupción que puede cubrir con cenizas media Serranía.

Tan distraídos en el espectáculo que ha sido el pan nuestro de cada día, que ni se dieron cuenta cómo se acabó con la prensa nacional a punta de leyes mordazas y de juicios que son burlescos, hasta dejarla convertida en harapos y, a lo mucho, en espacios de farándula y crónica rosa.

Y mientras seguimos como espectadores, de sainete en sainete, obligados a ver a actores de pacotilla, cantantes de karaoke, bufones y bufonadas, las decisiones del modelo económico las toman unos pocos y en la trastienda, casi siempre, afectando los bolsillos de las mayorías, ignorando los derechos de las minorías, esperando, además, los aplausos –y los votos- del público.