Miguel Rivadeneira

Sacudón por la insensibilidad social

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27 de May de 2013 00:01

La indiferencia ciudadana merece un sacudón. Todo pasa porque como no le ocurre a uno, simplemente no es su problema. No es la regla pero resulta que la solidaridad se ha deteriorado. No solo por el principio de hoy por ti, mañana por mí. Hay que hacerlo sin ningún interés sino convencido de la importancia de romper el actual "quemeimportismo" en la vida diaria. Cada cual camina por su lado sin importarle lo que pasa al lado o al frente cuando esa situación puede revertirse en su contra en cualquier momento.

Existen ciudadanos que sí contribuyen y dan la mano a otra persona pero cada vez son menos. Unos porque pasan la vida en forma rápida y rutinaria y no les interesa perder un instante y hacer obra social. No tienen tiempo para la solidaridad. Otros porque la generación de miedo causa impacto y la delincuencia puede hacer presa de la persona.

EL COMERCIO ha emprendido una campaña que invoca al respeto (compórtate a la altura, respetarnos es fácil) y hace dos semanas publicó un reportaje impactante de cómo la indiferencia hace más duro el camino al joven Roberto Zanafria, discapacitado que tiene problemas para movilizarse y transita en silla de ruedas.

Viaja todos los días en la ecovía. Su caso llega al colmo que un día le robaron su mochila, a vista y paciencia de quienes estaban a su alrededor. Los guardias no le ayudan y hasta ciertos taxistas quieren abusar cuando puede acceder a este servicio. Este es uno de tantos casos que demuestra en la vida diaria la falta de solidaridad.

Se mira con indiferencia el azote de la delincuencia hasta cuando le toca el turno y recién allí se siente la necesidad de ser solidario frente a este mal. Se observa el abuso, el maltrato, el desdén frente al resto y especialmente de aquel que más necesita.

Más predomina la viveza criolla, la "ingeniosidad" para hacer daño, para destruir y no para construir. Con los malos ejemplos desde arriba, se sienten prevalidos de insultar, hacer calificativos negativos, sin siquiera enterarse de la realidad de las cosas. Escucharon alguna acusación y bastó para estigmatizar a una persona, aunque no la conozcan y peor sepan sus ejecutorias. Las expresiones de odio son evidentes. Muchos incluso profesan una religión pero violentan los principios que les enseñaron. Más vale la satisfacción personal, que resulta efímera, antes que tener la conciencia tranquila consigo mismo. La solidaridad es un don que no tiene recompensa, que llena de satisfacción interna a una persona.

No faltan los buenos servidores pero persisten los malos que aprovechan cualquier circunstancia para sacar tajada a costa del otro. Hace poco un taxista vivo daba un vuelto con un dólar envuelto en un masking, supuestamente con diez monedas de diez centavos de dólar, pero era solo la primera. Las nueve restantes, de un centavo.