José Ayala Lasso

Las repudiadas sabatinas

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Desde cuando Correa inauguró su gobierno, la propaganda, presentada bajo el engañoso ropaje de información de labores, fue considerada fundamental por el régimen, como lo enseñara Goebbels, tristemente célebre ministro de propaganda del nazismo.Así se inventaron las ‘sabatinas’, en las que Correa monologa sobre sus desayunos, sus trabajos y el “cariño” con que le reciben los pueblos que visita.

En lugar de un informe de labores, Correa se explaya acusando a los gobiernos anteriores y a la oposición y responsabilizándoles de todos los males del país. Poco a poco fue engrosando el diccionario de insultos que usa -¡más de 150!- y dividió a las sabatinas en segmentos.

Nacieron la “canallada de la semana”, que le sirve para canallescamente atacar a quienes han tenido la audacia de oponerse a sus designios, la “cantinflada de la semana” en la que se burla de sus oponentes para provocar la risa, los sainetes con payasos para caricaturizar a quienes no comulgan con sus ruedas de molino. Un coro de aplausos, con sánduches y colas en la mano, festeja los sarcasmos del líder. Al grupo de juglares se unen ministros de Estado que responden a sus preguntas multiplicando el incienso al líder.

Las sabatinas llegaron a fastidiar e indignar a todos, hasta a la autoridad electoral que tímidamente le sugirió suprimirlas en época preelectoral. Correa le respondió, con antidemocrática altanería, “sugiriéndole que se abstuviera de hacerle sugerencias”.

Correa ha dicho que esas sabatinas “apenas cuestan” 30 mil dólares semanales. ¡Treinta mil dólares por semana son 120 000 dólares al mes equivalentes a más de 300 salarios mínimos que podrían financiar las necesidades de igual número de familias!

Las sabatinas son un símbolo de agresividad verbal, dispendio y propaganda. Y por eso, el pueblo, al sentir los efectos de la crisis económica sistemáticamente negada por Correa, agravada por la tragedia del terremoto, ha pedido que se las suprima en cuanto van más allá de las necesidades de información. No es que el eventual ahorro pueda servir para impactar en la disminución del déficit fiscal, sino que, suprimido ese símbolo de arbitrariedad, se avizoraría un esperanzador cambio de actitud mental y espiritual en Correa.

El Presidente, impertérrito, condicionó la supresión de las sabatinas al apoyo que diera la oposición a los nuevos impuestos, rompiendo así elementales reglas de ética política. Muchos han dado el calificativo de chantaje a esta propuesta.

Y así estamos: El pueblo que exige un gesto de rectificación de parte del gobierno y el Presidente, enhiesto e imperturbable, defendiendo las sabatinas porque solo cuestan ¡30 000 dólares por semana!, monto tan insignificante como el de un almuerzo en Carondelet para un amigo cantante.

¡Cuanta insensibilidad y cuánta egolatría!