Antonio Rodríguez Vicéns

De sábado a sábado

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8 de November de 2011 00:01

Si alguien estudiara el contenido de los monólogos sabatinos del dictador de Carondelet, tal vez en búsqueda de respuestas para comprender el deterioro institucional, económico, ético y jurídico que vive el país, ¿qué encontraría? Entre las múltiples frases sueltas, entre los diversos temas tratados sin orden ni concierto, ¿qué descubriría? Además de la descalificación a quienes no comparten sus criterios, de burlas e insultos, de ofrecimientos demagógicos y de una autocomplacencia ilimitada y desbordante, ¿qué hallaría? Nada que se acerque a una concepción estructurada y coherente de la realidad. Ni una doctrina política que la sustente ni una visión teleológica que la justifique.

El discurso de los sábados es coyuntural, superficial y vacío. No es más que la repetición oficializada, entre la frivolidad de los aplausos pagados, de las tácticas retóricas que le han permitido mantener la adhesión de amplios sectores de ciudadanos, encandilados por los fuegos artificiales de sus frases hechas, sus lugares comunes y sus ofrecimientos de reivindicación, siempre por la vía del revanchismo, el resentimiento, la manipulación y la ofensa. Es una expresión de equilibrismo: no busca ejercer el poder para unir a los ecuatorianos y construir un futuro mejor: solo pretende mantenerse en él, defenderlo y conservarlo, usando todos los medios a su alcance y sin una previa valoración ética.

El español Ortega y Gasset afirmaba que el factor que integra en un todo a los diferentes grupos que forman una sociedad es el futuro. Es la vigencia de un programa para el mañana, para actuar unidos y para vivir juntos. Es un cúmulo de deseos, aspiraciones y ambiciones. Es, en definitiva, “un proyecto sugestivo de vida en común”. “Los grupos que integran un Estado -escribía- viven juntos para algo; son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”. El proyecto correísta es lo contrario: excluye, auspicia la división y los enfrentamientos, elimina el diálogo civilizado y maduro, descalifica, agravia y desune.

Un buen político (¿se cree que lo es porque mantiene el apoyo popular mediante el engaño y la mentira, la distorsión de los hechos, la exacerbación de las pasiones, el clientelismo y la alienación de las mayorías mediante una propaganda atosigante y persistente?) no es necesariamente un estadista. Es el caso del dictador de Carondelet: no tiene una formación integral y una visión a largo plazo. Todo lo observa a través del prisma maniqueo y deformante de sus intereses personales y su ambición obsesiva de poder. Ha trasladado su mundo privado al escenario público. Ha sido incapaz de superar sus resentimientos y frustraciones, sus antipatías y complejos: sin idealismo, carece de generosidad y de grandeza.