21 de January de 2014 00:02

Las rutas de la muerte

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El ansia de los seres humanos por buscar nuevos horizontes, no solo por curiosas inquietudes de descubrimiento, sino ante apremios perennes -hambre o guerras, oportunidades laborales-, es tan vieja como la misma humanidad. Según el Banco Mundial, 232 millones de personas viven en países diferentes de aquel en el cual nacieron.

Pero esa determinación de encontrar otros rumbos es muchas veces fuente de tragedia para quienes se ven obligados a hacerlo de manera ilegal. El año pasado fue crítico en Europa, continente receptor de inmigrantes de Asia y África, especialmente. Valga recordar la catástrofe de Lampedusa cuando más de 300 hombres, mujeres y niños murieron tras el naufragio de una embarcación que buscaba costas italianas.

Según la Agencia Europea de Control de Fronteras, el aumento de la cantidad de gente que intentó ingresar irregularmente al Viejo Continente en 2013 y resultó detenida fue del 32%. Como toda actividad ilegal, esta produce cuantiosos réditos, derivados de las sumas que obtienen quienes se lucran de tan abominable tráfico.

La cantidad estimada de individuos que cruzan el temido 'hueco' que separa a México de Estados Unidos se calcula en cientos de miles cada año. El Pew Research Center sostiene que hay 11,7 millones de personas que viven en EE.UU. sin sus papeles en regla, la mitad provenientes de México.

Muchos se quedaron cuando venció su visa, pero otros alimentan un emporio criminal que deja a las cabezas de estas organizaciones alrededor de USD 6 600 millones cada año, de acuerdo con cálculos de Naciones Unidas. El valor de la riesgosa travesía se calcula en USD 2 000 por cabeza, si el origen es América Central. Cifra que puede hasta quintuplicarse cuando se trata de quienes provienen de latitudes distantes.

En tan macabro negocio, Colombia es país de tránsito de muchas víctimas. Este diario publicó una escalofriante crónica sobre las 84 tumbas con la marca de NN ubicadas en el cementerio de Turbo, que se cree son de inmigrantes ilegales. Allí llegan, vía Venezuela o Ecuador, a contactar a oscuros personajes de las redes de tráfico de personas, que suelen enviarlos en lanchas que no cuentan con los equipos de seguridad, tras haberlos transportado por tierra.

Que la travesía es riesgosa es algo que comprueban las estadísticas. El año pasado se ahogaron 14 personas, aunque puede ser que muchas más hayan sucumbido en el Caribe. Y el sepulturero de Turbo seguía abriendo tumbas.

El país tiene que hacer más. Es justificable la posición de la Cancillería, partidaria de exigir visas de tránsito a los nacionales de Cuba, Bangladés, Somalia y Nepal. Es una manera de impedir que otra forma de crimen prospere. El de las rutas de la muerte es un problema serio, vergonzoso, que tiene detrás crueldad y crimen. Un drama humano que requiere más cooperación entre países fronterizos, mucha justicia y severos castigos para los traficantes de personas.

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