Enrique Ayala Mora

Ruta del suscitador

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Era un gran conversador, buen diplomático, agudo analista de la realidad y funcionario internacional, pero Gonzalo Abad Ortiz fue sobre todo un suscitador y promotor de las ciencias sociales. Se pasó la vida abriendo cauces para la sociología, la ciencia política y la cultura.

Desde joven, cuando fue alumno de posgrado en El Colegio de México, descubrió que podía impulsar los nuevos estudios sociales. Cuando volvió al país, fue de profesor de la Escuela de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Central, donde fue director y trató de impulsar una reforma académica que no culminó por el sectarismo. Se hizo cargo de la dirección de desarrollo de la Junta de Planificación en los setenta y allí puso las bases de los estudios sociales, entre otras cosas, preparando la primera bibliografía especializada que se hizo en el país.

Con su prestigio en el gobierno y sus buenas conexiones con notables académicos del continente, impulsó la fundación de Flacso en Quito. La dirigió por varios años y emprendió programas pioneros en el país. Luego colaboró con la Facultad desde las posiciones que ocupó en el ámbito internacional.

Heredó de su ilustre padre, el maestro Gonzalo Abad Grijalva, el compromiso con la Unesco y allí trabajó por décadas. Fue presidente de su Comisión de Ciencias Sociales de la Conferencia General, consejero regional de Ciencias Sociales para América Latina y el Caribe y representante en varios países. Me consta que muchos proyectos de gran aliento se debieron a su impulso.

Gonzalo fue un académico y se dedicó a la vida intelectual. Pero produjo muy poco. Ni siquiera se animó a publicar su innovadora tesis de maestría, que muchos hemos consultado y citado de fotocopias de copias del original escrito a máquina. Presentó algunas ponencias importantes e impulsó proyectos de investigación, pero nunca escribió una obra sobre el sistema político del Ecuador que tenía en su cabeza y contaba “por entregas” a sus contertulios. Quizá su mayor contribución fue precisamente el haber sabido dialogar. Sabía conversar con provecho e hizo del diálogo un ejercicio creativo que produjo no solo el desarrollo inicial de Flacso en el país y en el continente, sino una gran cantidad de iniciativas, publicaciones y proyectos. Y no era solo buen conversador, sino comedido palanqueador que apoyó a muchos en sus estudios y en su producción académica. Ahora que ha muerto se notará de veras su ausencia.

Era buen profesor y notable conferencista, como lo comprobaron sus alumnos de México, Quito y París. Sugería a los investigadores temas atractivos y dimensiones relevantes de trabajo. Organizaba programas, reuniones y eventos de impacto internacional. Gonzalo Abad Ortiz era un activo y lucido promotor, a quien los estudios sociales del Ecuador deben mucho.

eayala@elcomercio.org