26 de June de 2010 00:00

Rolling Stone, Obama y Correa

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Rubén Darío Buitrón

Rolling Stone no solo es el nombre de un legendario grupo de rock inglés, sino el de una también legendaria revista estadounidense.

Irreverente e iconoclasta, Rolling Stone se juega todo en su agenda periodística y rompe paradigmas para contar hechos que otros no quieren, no pueden o no se atreven.

En su edición de la semana pasada, la revista puso en escena un tema que estremeció a la mismísima Casa Blanca y a la casi intocable cúpula militar de EE.UU.

El escándalo se desató luego de que Rolling Stone publicara una historia sobre la cotidianidad de los comandantes que dirigen la invasión a Afganistán.

Según la agencia AP, el reportaje retrata al general Stanley McChrystal, comandante de las fuerzas norteamericanas, como “un lobo solitario que tiene diferencias con figuras importantes del Gobierno y es incapaz de convencer a sus propios subordinados que su estrategia puede ganar la guerra”.

La crónica describe a McChrystal como “profundamente decepcionado” tras su primer encuentro con Obama en el despacho presidencial.

El reportaje titulado “The Runaway General” (El general en fuga) cita a un grupo de colaboradores irreverentes de McChrystal que se burlan del vicepresidente Joe Biden y la secretaria de Estado Hillary Clinton.

A ellos, como al presidente Obama, los acusan de no entender que la guerra se gana “de otra forma”.

Rolling Stone apuntó al blanco perfecto. El tan sensible tema de la invasión a Afganistán y la oferta incumplida de Obama de retirar las tropas se lo habla en voz baja entre los líderes de opinión de EE.UU. y pocos colaboradores del Presidente se atreven a recordarle su promesa de campaña electoral.

Las confesiones de McChrystal a la revista dejaron al desnudo un asunto que la Casa Blanca considera de alta seguridad y evidenciaron las profundas grietas que existen en la cúpula del poder en la Casa Blanca.

La reacción de Obama fue inmediata y radical: llamó a Washington a McChystal, escuchó sus argumentos, aceptó las disculpas y le pidió la renuncia.

El Mandatario tomó la decisión basado en un audaz reportaje de una revista que no tiene miedo.

Pero Obama no llamó mentirosos ni mediocres a los reporteros de Rolling Stone.

No apareció en un “enlace ciudadano” para desacreditar, desmentir o desprestigiar al medio de comunicación.

No agredió, atacó, manipuló o sacó de contexto las revelaciones de la revista.

No calificó de infame ni de mentirosa la historia ni dijo que “ponía las manos al fuego” por el jefe militar.

Barack Obama hizo lo que corresponde a un estadista inteligente y sereno: respetar al periodismo que trabaja en función de la sociedad y no del poder.

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