Rodrigo Borja

Populismo

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Es el arrebañamiento de las multitudes en torno a ese “hechicero del siglo XXI”, listo siempre a ofrecer el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina, que es el caudillo populista.

Surgido con la prédica redentorista en los cinturones de pobreza de las grandes ciudades, el populismo no es un movimiento ideológico sino una desordenada movilización de masas sin brújula doctrinal que, con frecuencia, lleva a los pueblos a defender posiciones objetivamente opuestas a sus intereses. Un sociólogo ecuatoriano escribió que el líder populista “fascina a las masas sin dejar de servir a las oligarquías”. Y los caudillos populistas suelen explicar esta contradicción con el argumento de que existen “oligarcas buenos” y “oligarcas malos”.

No es debido hablar de “populista de izquierda” o “populista de derecha” ya que izquierda y derecha son categorías ideológicas que no tienen cabida en el populismo aideológico.

La fabricación del caudillo populista es bastante simple: exaltación hiperbólica de su persona, creación de una aureola carismática, coro de alabanzas, providencialismo, demagogia y fabricación de los “enemigos” contra quienes se fomenta, enardece y canaliza el odio de la colectividad.

En la era digital los caudillos populistas cuentan con un nuevo elemento suplantador de las ideologías: las encuestas de opinión, a las que estos conductores conducidos se someten independientemente de consideraciones de conveniencia pública.

El caudillo populista incursiona en la TV —que es la plaza pública virtual— para difundir sus programas y hace de la política un espectáculo con su discurso populachero, superficial, reduccionista, maniqueo, de rasgos “redentoristas”, que apela más a la emoción que a la razón, y entrega a las masas la ilusión de “participación” y “protagonismo”.

No es exagerado decir que el populismo es la manifestación de una patología social. Lo fue en la Alemania de Hitler y en la Italia de Mussolini. A mediados de los años 40 en Argentina fue el fruto de la llamada “década infame” en la que campearon la frustración y la humillación colectivas. Y cosa parecida ocurrió con el populismo brasileño de Getulio Vargas en los años 50.
En su concepción maniquea de la política, la fabricación del “enemigo” es un elemento estratégico del gerifalte populista para descargar contra él toda la furia contenida de la masa por siglos de frustración.

Su coreografía política es impecable. El escenario está cuidadosamente diseñado y montado para que en él luzca el líder su mejor presencia. La “mise en scène” forma parte inseparable del estilo populista.

Pero tarde o temprano su andamiaje se descalabra y la misma ola de ilusiones que lo llevó al poder se vuelve contra él. Todo termina en tragedia: el suicidio de Getulio Vargas en 1954 o el derrocamiento y fuga de Perón y de sus corifeos cargados de culpas y de dinero en 1955.