Rodrigo Borja

Fútbol y política

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13 de julio de 2014 00:00

No me refiero a que, siendo joven político, jugué fútbol en el gran equipo quiteño “Crack”, sino a que el gigantesco espectáculo de masas tiene una enorme importancia política interna e internacional. Siempre la tuvo.

Recordemos que en 1936 los juegos olímpicos de Berlín fueron usados por Hitler para promocionar el nazismo, y que en esos juegos Hitler rehusó reconocer las hazañas del atleta negro norteamericano Jesse Owens que ganó cuatro medallas de oro, y que los regímenes marxistas convirtieron a las entidades deportivas en “correas de transmisión” de sus designios políticos, y que durante la guerra fría los EEUU boycotearon los Juegos de Moscú en 1980 y lo mismo hizo la URSS con los de Los Ángeles en 1984, y que en los Juegos Olímpicos de 1972 en Munich terroristas palestinos asesinaron a dos atletas de Israel y tomaron a otros nueve como rehenes, y que en los Juegos de 1988 en Corea del Sur surgió una controversia política por la pretensión de Corea del Norte de compartir el honor de ser anfitriona, y que el gobierno chino en el 2008 hizo de sus Juegos Olímpicos un formidable aparato de resonancia y propaganda a escala mundial, a un costo de 40.000 millones de dólares. Los triunfos deportivos han servido como instrumento de prestigio nacional, influencia política y proselitismo. Los encuentros futbolísticos han sustituido a las guerras en la medición de fuerzas y prestigios entre los Estados. Los héroes modernos ya no son los victoriosos guerreros sino las figuras estelares del fútbol, que incluso han tomado el lugar de los diplomáticos clásicos en la promoción de la imagen, prestigio y valores de sus países.

La popularidad de Messi, Neymar o Klose envidiarían presidentes y políticos de cualquier país.
Pero detrás de la apoteosis hay también episodios trágicos, como el que vivió el pueblo brasileño con su humillante derrota del martes ante Alemania. La gente lloraba en las tribunas y los jugadores vertían lágrimas en la cancha.

En algunos países islámicos se castiga con la muerte a quienes practican fútbol o lo miran por TV, porque está considerado como una actividad satánica occidental. Dijo el líder islámico Mohamed Abu Abdalla que “el fútbol desciende de las viejas culturas cristianas y nuestra administración islámica nunca lo permitirá”. Con las mismas invocaciones teológicas, comandos de la milicia “al Shabaab”, vinculada con al Qaeda, asesinaron con bombas explosivas en Kampala el 2010 a 74 aficionados que veían por TV el partido entre España y Holanda. En Somalia 2010 dos jóvenes que miraban por TV el partido Argentina-Nigeria fueron muertos por el grupo fundamentalista “Hezbolá”. Y a principios del mes pasado la banda terrorista nigeriana “Boko Haram”, invocando a Alá, lanzó una bomba contra quienes veían un partido en la pantalla de un bar de Nigeria y mató a decenas de personas.