Rodrigo Borja

Elecciones norteamericanas

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Lejos de lo que generalmente suele suponerse, las elecciones presidenciales de Estados Unidos no son directas sino indirectas. Los ciudadanos no votan por el candidato sino que eligen un grupo de “compromisarios”, quienes son los encargados de votar por presidente y vicepresidente en una segunda elección. De modo que entre los ciudadanos —que son los electores primarios— y el elegido se interpone un cuerpo de grandes electores.

Cada uno de los partidos, mediante elecciones primarias internas —las “primary elections”, que fueron un invento noteamericano hace más de dos siglos—, designa su candidato presidencial entre los varios aspirantes. Eso es lo que están haciendo en este momento, con la posibilidad de que alcance la candidatura Hillary Clinton en el Partido Demócrata y el troglodita Donald Trump —que ha introducido el populismo, la demagogia y la violencia verbal en la política norteamericana— en el Republicano.

El sistema funciona así: el primer martes de noviembre, de cada cuatro años, los ciudadanos eligen en su respectivo estado un número de grandes electores —compromisarios— equivalente al total de senadores y representantes que tienen derecho a enviar al Congreso federal. Los elegidos se reúnen en sus respectivos estados y votan en papeletas separadas por los candidatos a presidente y vicepresidente de la república. Los votos obtenidos se remiten a Washington y el Congreso, en sesión conjunta de las cámaras de senadores y diputados, hace el escrutinio y proclama los resultados.

Y entonces quedan elegidos los mandatarios.
De modo que las elecciones presidenciales allá son indirectas puesto que entre los electores de base —o sea los ciudadanos— y los elegidos —Presidente y Vicepresidente— se interpone un grupo de grandes electores.

Sin embargo, por una costumbre política que está fuera de la Constitución pero que no la contradice, se ha sustituido en la práctica el sistema de elección indirecta por uno virtualmente directo, en el que el voto de los electores de primer grado es el decisivo en la elección presidencial porque cada partido exhibe ante los votantes de base una lista de grandes electores, comprometidos de antemano a votar por los candidatos partidistas, de modo que aquellos saben muy bien que, al votar por esos compromisarios, de hecho votan en la práctica por los candidatos presidencial y vicepresidencial.

Y es que los ciudadanos no tienen la menor duda acerca de la dirección de los votos de los compromisarios. Saben muy bien que, al votar por ellos, de hecho votan por un determinado candidato presidencial. Por eso, en realidad, la elección se decide el día en que se realizan las elecciones de compromisarios. Con lo cual el procedimiento indirecto se convierte prácticamente en directo puesto que la función de los compromisarios se limita a sancionar formalmente una decisión ya tomada por el cuerpo electoral general.