Vicente Albornoz Guarderas

Robin Hood, el sabio

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El pobre Robin Hood tiene una inmerecida mala fama. Por ahí dicen las malas lenguas que robaba a los ricos para entregarles a los pobres, pero eso no es verdad.
 Bueno, en realidad, es muy difícil hablar de “verdad” en un tema como este, con un personaje de fábula, que probablemente ni existió.

Pero en cualquier caso, la versión más difundida de la leyenda es que no les robaba a los ricos para dárselo a los pobres.
Dice la leyenda que el señor Hood (Robin para los amigos), era un declarado enemigo del tristemente célebre Sheriff de Nottingham, un oscuro personaje que habría ocupado ese cargo durante la regencia del príncipe Juan, mientras que su medio hermano Ricardo Corazón de León participaba en la Tercera Cruzada, allá por el año 1190.
La leyenda, incluso en sus versiones más antiguas, describe este constante enfrentamiento entre el Sheriff y Robin.

Aquí ya vale resaltar que Hood no se enfrentaba con “los ricos”, sino con “el gobierno”. Porque no se enfrentaba personalmente con el Sheriff, sino con su función de recaudador de impuestos. Y tampoco les robaba a los ricos, sino al recaudador de impuestos. Esto es clave. El enemigo de Robin Hood no eran los ricos sino el gobierno. Y robaba a la autoridad para devolverles lo pagado a los contribuyentes (que no necesariamente eran los más pobres).


Si el señor Hood le robaba a la autoridad que recaudaba impuestos, es de suponerse que él consideraba que la presión tributaria en su tierra era demasiado alta.
Sin duda, él no habría usado esa terminología técnica, pero evidentemente sentía que a los ingleses de esa época les estaban cobrando demasiados impuestos, lo que podría explicarse por dos razones centrales.

La primera explicación sería que los impuestos eran tan altos que ahogaban las iniciativas privadas, mientras que la segunda explicación estaría en que los recursos cobrados estaban siendo mal utilizados. Claro que también puede haber pensado que estaban ocurriendo ambas cosas (una carga excesiva y un mal uso de lo recaudado).


Obviamente, estas cosas no sólo pasaban en las épocas de las cruzadas, sino que pueden ocurrir en cualquier momento de la historia en el que haya un gobierno que cobre impuestos y que luego gaste ese dinero. Y peor aún cuando los impuestos cobrados sirven para aumentar el bienestar de los gobernantes y no de los gobernados.


Pero es importante quitarle al pobre Robin esa mala fama y ponerle en el lugar que merece: el de un activista contra la excesiva presión fiscal, claro que con métodos “extremos” (por decir lo menos). Y si bien sería absurdo copiar sus métodos, siempre será importante cuidar que el gobierno no cobre demasiados impuestos y gaste bien lo que tiene. Inspirados, ni más ni menos, en Robin Hood.