Rodrigo Borja

Revolución y reformismo

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 1
Contento 24

César Cantú relata en su monumental “Historia Universal” que Luis XVI, al oír el vocerío del pueblo insurrecto en las afueras del palacio, preguntó ingenuamente: “¿Es un motín?” Y Liancour le respondió: “señor, decid más bien una revolución”. El monarca, obviamente, no había percibido que Francia estaba preñada de trascendentales acontecimientos que habrían de cambiar no sólo su vida interna sino la del mundo civilizado de la época.

Por analogía con el movimiento que describe un cuerpo al girar sobre su eje, de modo que su parte inferior se coloca arriba, llámase “revolución” a la transformación profunda, violenta, acelerada e irreversible de la organización estatal, que subvierte totalmente la estructura social.

La revolución es, por tanto, un movimiento axial que entraña un cambio “institucional” y no simplemente “personal” en la organización del Estado.

Con palabras muy elocuentes, José Ortega y Gasset decía que la revolución es la insurgencia de los hombres contra los usos mientras que la rebelión es su alzamiento contra los abusos.

Quería decir el filósofo español que el cambio revolucionario pretende reemplazar el ordenamiento jurídico, las instituciones vigentes, las bases estructurales de la organización estatal. Por eso habla de los usos, es decir, de los sistemas. En tanto que el reformismo solo persigue suprimir los abusos, vale decir, las aberraciones, arbitrariedades, incompetencias o deshonestidades de los gobernantes pero sin tocar la realidad institucional del Estado.

La violencia es una de las características esenciales del cambio revolucionario. Marx sostenía que “la violencia es la partera con ayuda de la cual una vieja sociedad da a luz una sociedad nueva”.
Pero, claro, como lo dije en una conferencia en Río de Janeiro, para ser revolucionario se requiere la solvencia testicular de ir a la Sierra Maestra.

La mal llamada “revolución pacífica” o “revolución desde arriba” es en realidad reformismo. La revolución reconstruye el nuevo Estado desde sus cimientos.

No doy, ciertamente, una significación peyorativa a la palabra reformismo. Ella no significa el simple maquillaje de una sociedad injusta para mantenerla igual aunque con distinta apariencia. El reformismo, en muy pocos y excepcionales casos —como el del presidente Salvador Allende en Chile, durante su fugaz gobierno que se propuso encontrar la “vía chilena al socialismo”—, puede optar por cambios de profundidad en la organización política, social y económica. El gobierno de Allende expropió las minas de cobre de las empresas norteamericanas, estatificó la banca, socializó 3 800 latifundios privados, nacionalizó 6 millones de hectáreas de tierra agrícola, estatificó 90 empresas que manejaban áreas estratégicas de la economía e implantó el laicismo estatal.