Manuel Terán

La utopía hecha añicos

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Con el ascenso al poder de un coronel golpista, que con una vasta chequera irrigó su influencia en varios países del continente, arrancó a inicios de la nueva centuria un proceso político que instaló en el poder a toda esa generación que se formó bajo la nostalgia de las dictaduras de izquierda.

En varios países, algunos que en su juventud buscaban tomar el poder por las armas, encontraron espacios en gobiernos que bajo el membrete de “revolucionarios” iniciaron políticas que siempre fueron defendidas como de vanguardia.

Su lugar común era desbaratar la institucionalidad democrática que tenía en la separación de poderes su base fundamental, por otra en la que paso a paso coparan todo espacio y lugar hasta hacerse del control total, en un remedo de Estado de derecho que en realidad era manejado por las directrices emanadas de una cúpula al más puro estilo del “centralismo democrático”, que maniató por décadas a los estados de la órbita soviética.

El sistema no era nada nuevo, si se tiene en cuenta que los mentores y ejecutores de estas políticas eran asesores provenientes de la isla que ha soportado la más larga dictadura y que deshizo todo atisbo de libertad de sus habitantes.

En los primeros años de sus gestiones, ayudados por el viento de cola de la economía mundial que inundó de dólares a los países exportadores de materias primas, cosecharon ciertos éxitos unos más que otros.

Las poblaciones sintieron algo de bienestar por los ingentes recursos que recibían sus economías; y, la fiebre del consumo permitió pasar por alto el desmantelamiento de las estructuras democráticas, para cuando acabe la bonanza verse atrapados en un tinglado de normas y controles que les arrebató libertades.

El despertar ha sido frustrante. Evaporada la súbita riqueza los problemas fundamentales siguen allí. La falta de empleo, los ejércitos de informales y desocupados, los precarios servicios públicos, la falta de estructura básica que afecta a amplios sectores conforman el paisaje latinoamericano.

Pero adicionalmente, en esos países que aseguraban estaban transformando las estructuras, la crisis ha sido agravada por el alto endeudamiento y la imposibilidad de sostener un modelo que se basaba en el gasto estatal como motor de la economía.

En poco, en dos países importantes se celebrarán elecciones. En el que se inició este proceso se renovará el Poder Legislativo. La insatisfacción popular, de no mediar un fraude escandaloso, les arrebatará el control que pasará a manos de la oposición. En el otro, así el ganador de las elecciones presidenciales sea el que le apoya el partido en el Gobierno, hay señales que el estilo de confrontación y el “vamos por todo” no se mantendrá como hasta ahora.

Se vienen otros tiempos, en los que la primera tarea a realizar es devolver la institucionalidad democrática a los países evitando la concentración de poder en personas o grupos que, tarde o temprano, prevalidos de su condición terminan desfigurando el Estado de derecho hasta límites irreconocibles.