Jorge León

La revolución soy yo

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Los primeros promotores de Alianza País, que fueron de una parte de la izquierda, ya no están más o quedan pocos para no dar la imagen de lo que en realidad acontece: la izquierda es algo así como ‘cero a la izquierda’.AP se ha pintado de los dúctiles de la cúpula presidencial.La izquierda que aspiraba a promover algún proyecto diferente es la perdedora. En todas partes del país, los candidatos de AP pertenecen a un champús de gente: de la derecha a los populistas y unos cuantos del centro.

Correa se queja de que en una reunión de AP en la Casa Presidencial -para precisar sobre las candidaturas de esta organización- ­algunos reclamaban otro puesto del que se les asignaba, lo que es normal en política, mundo de competencia. Y repetía que en la revolución hay que ir adonde le necesiten.

Pero, ¿quién es o qué es la “revolución” que así decide?, ¿que dice aquí te necesitan?
Debería haber un ‘programa revolucionario’, pero no hay tal. La revolución aquí es una ‘palabra mágica’, un ‘fetiche’ que exige respeto, obediencia y que permite que alguien decida por los demás.

¿Quién puede ser? Debería ser una organización, un colectivo que comparte objetivos, ilusiones y acciones, pero AP no es eso. La jerarquía es tal, que no es en realidad una organización política propiamente dicha, por eso la lucha de sectores es más fundada en intereses particulares de cada cual, que en propuestas de programas.

Así, el milagro que hace que las decisiones finales sean ‘revolucionarias’ está en la máxima jerarquía de AP, en el pequeño núcleo gobernante, Correa con la última palabra. Por eso, ahora AP con sus candidatos se pinta de varios colores, y poco o nada de izquierda. Esta puede estar simbólicamente en puestos burocráticos o en el aparato de apoyo a Correa que es AP, pero la estrategia y acciones se definen arriba.

Como hacían los partidos ‘tradicionales’, cuando sus organizaciones se descomponían y la vida política se volvía más mediática, AP -como en la campaña anterior- incluye en sus listas a futbolistas, locutores populares, a la reina de algún sitio, al popular, sin que tengan ideas ni menos experiencia política. Devalúa y empobrece la vida política. Pero AP, la cúpula ‘revolucionaria’, dispone así de obedientes legisladores que adornan las reuniones de ese grupo, sin que tengan algo que aportar, para eso está el pequeño grupo gobernante guayaquileño. La izquierda, generalmente serrana, ya está puesta de lado o domesticada.

Así, Moreno no tiene autonomía sino discursiva. Su alrededor es de fieles correístas, empezando por el Vicepresidente, el hombre de los sectores estratégicos y grandes contratos de infraestructura. Moreno no tendrá capacidad de acción; en los hechos, el círculo está cerrado. La concentración del poder no permite debates reales ni espacios para las diferencias, aún más cuando no tiene proyecto.

jleon@elcomercio.org