Vicente Albornoz Guarderas

Cómo retroceder en un país

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Un día se inventaron que querían cambiar la matriz productiva. Inspirados en sus utopías, en sus sueños de verdes praderas y corazones ardientes, en lo que habían leído en algún libro de los años 60, en quién sabe qué, pero decidieron que desde el gobierno, centralmente, iban a cambiar la estructura del Ecuador.

Carentes de toda experiencia en el sector productivo, decidieron que ellos, con sus mentes brillantes e ilusiones socialistas, podrían cambiar el funcionamiento económico del país y convertirlo en Silicon Valley. Que todo era una cuestión de voluntad y que si lo hacían con suficiente pasión, lo lograrían (tristemente, hoy las cifras demuestran lo contrario).


Armados de los petrodólares que les cayeron como maná del cielo, se dedicaron a gastar en aquellas cosas que ellos (carentes de toda experiencia produciendo) creyeron que necesitábamos para dar el salto dialéctico del tercer mundo hacia la cúspide de la civilización humana, entendida como una utopía poscapitalista, amable con el ser humano y con la naturaleza en la que todos los males desaparecerían porque estaríamos produciendo nanotecnología, biotecnología y otras utopías.


Pero lo hicieron mal. Armaron un centro de sabiduría posmoderna que debía llevarnos al desarrollo y la felicidad, pero sólo juntaron un montón de técnicos carísimos, convencidos que gracias a los paisajes de un idílico valle, las empresas más innovadoras del mundo van a pelearse por el privilegio invertir ahí. Y lo único que logran es requerir cada vez más desmentidos para tratar de esconder la dura realidad de que son un barril sin fondo.


Y decidieron construir la más moderna refinería de petróleo, para así arrancar con la más pujante industria petroquímica del mundo. Pero lo único que lograron fue aplanar (con $1.200 millones) un valioso y vulnerable bosque seco tropical, dañar un delicado ecosistema e indignarnos a todos los ecuatorianos.
¿Cómo medir los logros de tan inútiles políticas?

El razonamiento sería el siguiente: si se cambió la estructura productiva del país, deberíamos estar produciendo cosas distintas y, si ese cambio se hizo correctamente, deberíamos ser capaces de exportarlas a cualquier parte del mundo. En otras palabras, la evolución de las exportaciones industriales de productos no tradicionales deberían ser un buen indicador del fracaso del “cambio de la matriz productiva”.


Y las “exportaciones manufacturadas no tradicionales” medidas por el Banco Central, que habían crecido desde 1992 hasta 2008, que había caído en 2009, pero que se habían recuperado desde 2010 hasta 2012, esas, las que deberían medir el éxito de tanta política y la eficiencia de tanto gasto, esas no paran de caer y entre 2012 y 2016 cayeron de $4,011 a 3,256 millones. Retrato de una involución.