Milton Luna

El reto del ex Mejía

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Qué coincidencia. En estos días por allá, enero del 1912, el máximo líder de la revolución liberal, Alfaro, era asesinado y arrastrado por las masas.

Hoy en el 2018, el mesías de la revolución ciudadana, Correa no es arrastrado, pero a huevazo limpio es recibido por las ciudades y poblados por donde pasa.Entre el caudillo y sus seguidores se establece una relación pasional, de amores locos y de rupturas fatales. Alfaro y Correa vivieron grandes momentos de romance con sus bases. Pero, por diversas causas, la decepción llegó. Y como toda relación tempestuosa, culmina en decepción y violencia. A Alfaro le tocó lo peor, la tragedia y la muerte.

Correa, vive un divorcio menos traumático, no brutal, pero simbólicamente fuerte y doloroso, expresado en desprecio a través de los huevos que le lanzan, que ya son parte de su historia.

El Ecuador vive la catarsis de 10 años de confrontación permanente y descalificación desde el poder. Los sembradores de vientos cosechan sus tempestades. Pero estamos llegando a un punto culminante del desahogo colectivo. El 4 de febrero será el clímax canalizado por el voto. Hay que virar la página. Y a escribir, quizá, soluciones compartidas, sin olvidar el pasado, sino más bien tomando lo mejor de él para animar lo que viene.

Sí, que el recuerdo coyuntural de la “Hoguera bárbara” sufrida por Alfaro y sus compañeros, más bien nos permita recuperar una de las banderas de la revolución liberal, la laicidad, que por obra de los maestros y maestras formados en los Normales, incidió profundamente en generaciones de ecuatorianos que tuvieron el privilegio de educarse en escuelas y colegios laicos como el Mejía, 24 de Mayo, Montalvo, Manuela Cañizares, Rita Lecumberri, Vicente Rocafuerte, Teodoro Gómez de la Torre, Pedro Vicente Maldonado, Benigno Malo, y otros más.

La laicidad se nutre de la libertad y de los derechos. Libertad de pensamiento, de expresión y de creencias. Y del derecho, como condición básica para ejercer plenamente esas libertades sin temor a ser reprimido. Lo laico respeta y valora al otro, a sus ideas, convicciones filosóficas, estéticas, políticas o religiosas. Por eso, lo laico no es antirreligioso. Concibe que un Estado laico no se afilia a una ideología o fe, sino que crea las condiciones para que sus ciudadanos desarrollen sus ideologías y cultos, que son de su fuero interno. El laicismo recupera y visibiliza la diversidad y fomenta relaciones de paz y armonía entre los seres humanos, base sustantiva para la justicia social y el desarrollo económico integral.

La laicidad es la base de la democracia. Es la antípoda del dogmatismo, del caudillismo y del autoritarismo. Que lo que viene luego del 5 de febrero se inspire en el laicismo. Y que el exMejía en Carondelet, sea fiel portador de esta bandera. Ese es su reto.