Milagros Aguirre

Resistencia

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No podemos comer sopa de billetes, no podemos comer sopa de pepas de oro, no podemos comer sopa de petróleo ni podemos hacer sopa de carreteras. Nosotros comemos sopa de plátano, sopa de yuca… así decía, con voz firme, en un foro sobre la Amazonía, Domingo Ankuash, uno de los líderes históricos del pueblo shuar. Y lo decía mirando al norte de la Amazonía, donde los daños irreparables son evidentes: contaminación, colonización descontrolada, marginalidad y pobreza.

Dirán que hay carreteras: digamos que las carreteras han mejorado (luego del paro de Dayuma, ¿alguien recuerda aquello?), aunque en la vía Auca aun siguen protestando por los peligros de una carretera cuyos puentes han sido motivo de varios accidentes mortales; digamos que hay algunas mejoras en la salud; digamos que han puesto enormes unidades del milenio, en donde la educación no es bilingüe y en donde hay enormes problemas. Por lo demás… la gente amazónica sigue siendo parte de los márgenes de la nación. Aquello de “mendigos sentados en un saco de oro”, mentado argumento a la hora de la extracción de recursos, no ha sido tal: más pobres que antes (sin selva, con aguas contaminadas, sin trabajo) y sin sacos de oro sobre los que se supone estaban sentados los pueblos amazónicos, pues esos sacos se los han llevado otros (algunos ya han huido con los petrodólares).

Los shuar de la cordillera del Cóndor llevan casi veinte años enfrentando la defensa de su territorio frente a los intentos de explotación a gran escala de los recursos naturales. En innumerables reuniones y asambleas han decidido dejar el 40% de su territorio para la conservación, defendiendo el bosque, el aire, las fuentes de agua.

El tema indígena plantea varios retos al Estado, sobre todo, si quiere ser realmente plurinacional. No basta lucir camisas étnicas, ponerse coronas de plumas en actos oficiales, danzar empuñando también sus lanzas, recibir bastones de mando o hacerse limpias en rituales folclóricos. El mayor enemigo de los pueblos indígenas termina siendo el Estado (aquí y en la China) con grandes proyectos (concesiones petroleras y mineras, hidroeléctricas), custodiados por las fuerzas del orden.

El tema indígena exige un modelo de desarrollo diferente, que respete territorios, derechos, su autodeterminación, como dice la Constitución. La tarea parece imposible en un modelo consumista, en un país racista y frente a necesidades urgentes de recursos y capital. El tema indígena exige creatividad. Y exige de una sociedad comprometida, incluidas las ongs (a las que siempre tratará de callar el poder). Para muestras, dos botones: una empresa española que se retiró de Guatemala tras años de lucha indígena y luego de analizar el impacto social denunciado por una ONG o el retiro de fondos noruegos en un bloque petrolero en Perú. Otro mundo es posible: hay esperanza, mientras haya resistencia.

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