20 de July de 2010 00:00

De repente, libertad

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Carlos Alberto Montaner

Inesperadamente, el guardia, menos hosco de lo habitual, dijo: “Paneque, tienes que salir de la celda para hablar por teléfono”. José Luis García Paneque -cirujano plástico, especialista en quemadas, de 44 años, padre de varios hijos pequeños- en marzo del 2003, durante la llamada “Primavera Negra de La Habana”, fue detenido y sumariamente condenado a 15 años. ¿Delito? Como el resto de los 75 apresados durante aquella orgía represiva, escribía crónicas sobre la realidad cubana en diarios extranjeros (no lo dejaban en la amaestrada prensa nacional), prestaba libros prohibidos, pedía democracia. El retrato robot viviente del peligroso enemigo del pueblo y agente del imperialismo yanqui.

La llamada era del cardenal Jaime Ortega. Le preguntó si quería ser excarcelado y enviado a España. No había condiciones. Él tampoco las hubiera aceptado ni Ortega las hubiera propuesto. Dijo sí. De alguna manera, la oposición democrática ganaba la partida y la dictadura comenzaba a desprenderse de los presos de conciencia. Además, él confiaba en la Iglesia: los curas no lo abandonaron cuando fue detenido. Ayudaron a su familia y se interesaron por él cuando se moría por las infecciones contraídas en los calabozos. Su estampa era la de los prisioneros de los campos de concentración nazis. Él, Normando Hernández González y Ariel Sigler Amaya padecían variantes de la misma enfermedad. Aunque es Sigler, el más fuerte cuando entraron en prisión, el que está peor: delgado como un alambre, en silla de ruedas e incapaz de sostener la cabeza sin una collera que le apuntale las vértebras cervicales. Todavía está en La Habana porque el Gobierno cubano, cruelmente, le niega la salida.

Fui a darles un abrazo recién llegados a España. Fue muy emotivo. La madre de Normando, Blanca González, acababa de llegar de Miami y apretaba a su hijo con el amor de quien acababa de parirlo por segunda vez. Volverlo a ver vivo era el sueño con que se acostaba y levantaba todos los días de Dios, en medio de tanto dolor que volaba desde los calabozos, como pájaros negros, para avisarle que moriría si no lo rescataban.

Los albergaron en un modesto hostal de Vallecas, un barrio obrero de la periferia de Madrid. España, que echa una mano generosa en medio de una crisis, no dispone de fondos para ejercer la caridad profusamente. Los presos salen con los familiares y la cuenta puede ser alta para las magras dependencias del Estado. Talvez, también existía el propósito de aislarlos para aminorar el barullo mediático. El gobierno de Zapatero no quiere que esta operación sea una andanada contra la dictadura. Pero no va a lograrlo: estos hombres están dispuestos a morir por defender su derecho a decir lo que piensan. Si no pudieron callarlos los golpes, el hambre y las rejas en unas cárceles terribles, ¿quién puede amordazarlos ahora que han llegado a la libertad? Vinieron a estrenar la garganta y no van a guardar silencio.

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