José Ayala Lasso

La renuncia del Papa

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16 de February de 2013 00:00

Benedicto XVI sorprendió y estremeció al mundo al anunciar que, a fines del mes, dejará de ejercer las funciones de Pontífice máximo de la Iglesia Católica. El último precedente conocido de una renuncia papal data de comienzos del siglo XV. Por casi seiscientos años, los papas han ejercido su mandato religioso de manera vitalicia.

En los últimos meses del pontificado de Juan Pablo II, eran evidentes el deterioro de su estado físico y las crecientes limitaciones que le iba imponiendo una salud quebrantada y frágil al extremo. Sin embargo, el Papa consideró que no debía renunciar y confió a Dios la decisión de poner fin a su misión con la muerte natural. Su argumentación teológica se basó en el hecho de que corresponde a Dios y solo a Él determinar cuándo su representante en la tierra debe dejar el espacio abierto para una nueva dirección de la Iglesia. No faltaron entonces las críticas, pero tampoco los elogios por esa decisión personal.

Benedicto XVI ha considerado conveniente tomar otro camino. No hay duda de que las tradiciones y las prácticas de un conglomerado humano responden a una visión siempre evolutiva del mundo y, al mismo tiempo, preparan y dan fuerza a los cambios aconsejados por nuevas realidades. Quien dirige una sociedad compuesta por seres humanos no puede ser insensible a las transformaciones que se van produciendo en las ideas y costumbres de la sociedad y debe asumir sus responsabilidades imprimiendo orientación a tales cambios y armonizándolos con la necesidad de mantener incólumes los principios fundamentales. No puede ligeramente romper tradiciones, pero tampoco debe actuar como esclavo de ellas. Es eso lo que, en definitiva, ha hecho Benedicto XVI. Sin negar el argumento de Juan Pablo II que consiste en creer que Dios dispone la marcha de los acontecimientos humanos, ha comprendido que esos designios divinos se expresan o pueden expresarse mediante mensajes claros cuya interpretación, sin embargo, está confiada a la persona humana. Su creciente debilidad física -ha dicho el Papa- le está impidiendo ejercer el primado de la Iglesia con la fuerza y la eficacia que ahora, más que nunca, son indispensables. Ha concluido que Dios le pide abrir las puertas a la sucesión. Su renuncia es una manifestación de responsabilidad llevada al nivel del heroísmo, de generosidad y de humildad auténticas puestas al servicio de Dios mediante su entrega a la comunidad de seres humanos.

La Iglesia Católica vive momentos críticos a causa de profundas divergencias doctrinarias y porque, además, en su seno se han hecho presentes la hipocresía y las luchas por el poder, lo ha reconocido Benedicto XVI. Su renuncia es, además, una voz de alerta ante esta realidad. En todo caso, su acción pastoral, profunda y silenciosa, le ha ganado respeto y adhesión.