Juan Valdano

El reino de la mentira

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“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”, escribía en 1988 Jean François Revel, connotado editor de France-Observateur. ¿Aseveración exagerada y tendenciosa? Quizás no. Si estamos atentos al mundo que nos rodea apreciaremos que la mentira cunde por todo lado. Sin embargo –rebatirán los más optimistas-, lo que cuenta es que la verdad se impone siempre. Y tienen razón. Ningún engaño puede sostenerse por mucho tiempo; tarde o temprano llega el momento en que una falsa verdad se muestra tal como es: timo, fraude, estafa, demagogia, publicidad engañosa.

Si con la palabra damos testimonio de la verdad, también con ella enmascaramos nuestros sentimientos. Y si la verdad nos hace libres, según el evangelio, la mentira nos convierte en esclavos de ella. Quien aparenta lo que no es, pronto estará obligado a hacer de su vida una farsa continua. La impostura y la hipocresía exigen mucha imaginación.

Hay mentiras livianas, unas incorporadas a nuestro comportamiento cotidiano, otras forman parte de la naturaleza del arte. No ofenden a nadie, realzan la vida. Entre las primeras están aquellas que nos permiten pasar por corteses y cumplidos; por ejemplo, cuando decimos a alguien “¡qué bien se ve usted!” a sabiendas que esa persona muestra, por el contrario, todos los signos de un decaimiento físico. Entre las segundas están las mentiras que inventa el arte literario. En tales casos, tanto los lectores de un relato como los espectadores de una pieza teatral voluntariamente aceptan entrar en ese juego de verdad-mentira que todo arte impone. La literatura parte de esa paradoja que consiste en revelar escondidas verdades a partir de fascinantes mentiras.

Y están de las otras, las mentiras que son rechazadas por la sociedad civilizada, las que hacen daño y son moralmente condenables. Entre las peores están las recurrentes mentiras de los políticos, las comunes de los abogados cuando tuercen la verdad para favorecer la causa que defienden, las de ciertos periodistas que escandalizan magnificando lo trivial, las de los publicistas cuando ponderan cualidades inexistentes de un producto con el afán de promover su consumo.

La democracia no puede existir sin una dosis de verdad. La mentira política daña la fe pública, deteriora la confianza que debe existir entre gobernantes y gobernados. Todos los regímenes se confiesan democráticos, inclusive las dictaduras más desembozadas en las que con gran cinismo y acrobacia verbal se proclaman principios y valores que se violan en la práctica. En este campo, hay mentiras descaradas que tienen nombre y apellido: castrismo en Cuba, chavismo en Venezuela. Por lo demás, nunca faltará la actitud mendaz de ciertos líderes mundiales que en los altos foros de Naciones Unidas ventilan grandes mentiras con el fin de escamotear verdades que molestan a los grandes.