Antonio Rodríguez Vicéns

Regresando a La Habana

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26 de agosto de 2014 00:19

Guillermo Cabrera Infante, el autor de ‘Tres tistes tigres’ y ‘La Habana para un Infante Difunto’, dos novelas imprescindibles de la literatura hispanoamericana, había apoyado inicialmente al castrismo. Luego de la clausura del semanario cultural ‘Lunes de Revolución’ y de haber caído en el desempleo durante ocho meses, fue enviado a Bélgica, a un “oscuro cargo de segundo secretario en una embajada de segunda, que nadie deseaba, ni siquiera yo”. En junio de 1965, con ocasión de la muerte de su madre, regresó a La Habana. “Se sentó en el balcón y miró al parque. Vio el día de junio todavía espléndido en la tarde… Vio el parque eternamente hermoso y se echó a llorar por primera vez. Lloró desconsoladamente…”.

El año pasado se publicó ‘Mapa dibujado por un espía’, un libro inconcluso que relata su dolorosa y traumática experiencia durante esos días. Es un texto que nada añade a su obra y que carece del lenguaje rico y vario que lo caracterizó. Tiene valor, eso sí, como testimonio: la escasez, el espionaje, la delación, el miedo… “En increíble cabriola hegeliana, Cuba había dado un gran salto adelante -pero había caído atrás. Ahora, en la pobre ropa de la gente, en los automóviles bastardos (excepto, claro, las limusinas oficiales…), en las caras hambreadas, se veía que vivíamos, que éramos el subdesarrollo. El socialismo teóricamente nacionaliza las riquezas. En Cuba, por una extraña perversión de la práctica, se había socializado la miseria”.

El 3 de octubre de 1965, después de cuatro meses de engaños, evasivas e incertidumbres, acompañado de sus hijas, en un viaje sin regreso, salió para siempre de Cuba. No volvería jamás. Las consecuencias fueron las acostumbradas: fue declarado reaccionario y gusano, insultado y vilipendiado. “Calumnias personales y políticas, negación del permiso para trabajar en la Unesco, confiscación de libros enviados por correos, minuciosa inspección de la correspondencia familiar y deliberada persecución literaria”. Cabrera Infante fue arrastrado a una polémica inclemente, abyecta y maniquea, aparentemente interminable, que llegó hasta el absurdo y necio intento de negar la incuestionable calidad de su obra.

En el exilio, Cabrera Infante, manteniendo una actitud de independencia insobornable, se convirtió en un crítico cáustico, apasionado e irreverente de la dictadura castrista: “A Castro sólo le importa el poder y la propaganda como instrumento del poder absoluto”. “Como el despiadado castellano señor de la guerra que al morir no tenía enemigos porque los había matado a todos, Castro no tiene enemigos en Cuba”. “La Castroenteritis… es una enfermedad del cuerpo (te hace esclavo) y del ser (te hace servil)…”. En 1992, sus textos políticos fueron recopilados en ‘Mea Cuba’. La lectura de ese libro es esclarecedora: nos hace comprender las razones por las cuales nunca pudo regresar a Cuba. Murió el año 2005, en Londres.

arodriguez@elcomercio.org