Gonzalo Maldonado

Reflexiones sobre la urna

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Siempre que hay elecciones hago algo que se ha convertido casi en un rito: hojeo una novela inquietante que leí hace tiempo, “La jornada de un interventor electoral”, de Ítalo Calvino. Así que no he tenido más remedio que buscar ese libro flaco y ajado –que permanecía oculto en una estantería alta de mi biblioteca– para volver a impresionarme con sus reflexiones grises, igual que hace diez años.

La novela de Calvino narra la historia de Amerigo Ormea, un miembro del partido comunista que es designado vocal de una junta receptora del voto en Turín. La historia transcurre durante un domingo lluvioso en un recinto electoral extraño: el ‘Cottolengo’, un hospicio habitado por disminuidos físicos, deficientes mentales y gente deforme. Como a cualquier vocal de mesa, a Amerigo le corresponde recibir a las personas que se acercan a consignar su voto y luego a hacer el escrutinio de las papeletas.

El ánimo del protagonista es pesimista. Cree que esas elecciones serán una “jornada triste y agitada” para su país porque los escaños se asignarán de acuerdo con un estatuto amañado –la “Ley trampa”, la llama Amerigo– que supondrán una “involución italiana”, es decir un retroceso de la democracia de su país. Mientras hacen cola para votar, Amerigo reflexiona descarnadamente sobre la sensatez política de estas personas. El vocal de mesa los describe como personas manipuladas o con pobre capacidad de juicio para discernir correctamente su voto.

Amerigo se pregunta sobre la validez de su labor en aquella mesa electoral. ¿Está él contribuyendo a que la gente exprese su voluntad o está siendo utilizado por un sistema diseñado para concentrar el poder? Las reflexiones de este interventor electoral nos llevan a pensar sobre las limitaciones de la acción política y sobre los riesgos morales que entraña la búsqueda del poder.

Las mismas preguntas podríamos hacernos nosotros hoy: ¿Marcará esta nueva jornada electoral la recuperación de la democracia ecuatoriana o será otro hito triste y agitado –como vaticinaba Amerigo– para el país?

Estoy convencido que estas elecciones traerán un aire de renovación a la atmósfera política ecuatoriana, contaminada por escándalos de corrupción y por el recuerdo de tanto abuso y negligencia en el manejo de los asuntos públicos.

Cualquiera que sea el resultado de hoy, los ecuatorianos no debemos olvidar que, más allá del vigor de los líderes de turno, las sociedades construyen paz y prosperidad a partir de un sólido andamiaje institucional.

Nos corresponde, por tanto, exigir la instauración de la legalidad en el Ecuador. Recuperar la senda del crecimiento demandará un esfuerzo coordinado de toda la sociedad; ese esfuerzo sólo dará frutos si se lo realiza con transparencia, respetando los debidos procesos.