Rodrigo Fierro

La redistribución de la riqueza

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No salgo de mi asombro. Que el Gobierno se ponga la soga al cuello con el proyecto de ley sobre las herencias, de obsoleto corte socialista confiscatorio, es como para no creer. Más todavía si, como oficialmente se insiste, en la práctica a las sedientas arcas fiscales no le significarán ningún auxilio. Caben, pues, las especulaciones, sobre las que me asiste el derecho a expresarlas.

El presidente Correa sabe lo que es la redistribución de la riqueza, con ánimo de equidad y en democracia. Su Gobierno ha invertido miles de millones de dólares en mejorar la educación pública, la gratuita, aquella a la que acceden las clases sociales de menores ingresos. Los más de los 10 000 jóvenes que se hallan realizando cursos de posgrado en el exterior, sin que les cueste un centavo, en los días de la vida hubieran podido hacerlo con los escasos recursos de sus padres. Del Impuesto proporcional a la Renta, que en la actualidad sí se cobra, debe provenir una parte importante destinada a tales programas. Lo de la redistribución de la riqueza, sin tocar los bienes patrimoniales, es una práctica universal en países con gobiernos responsables. El presidente Obama incrementó el impuesto a quienes más ganaban, algunos con mesadas de millones de dólares. Con fondos federales acaba de hacer realidad uno de sus sueños, el ‘Obamacare’: millones de ciudadanos norteamericanos, antes desprotegidos, tendrán derecho a servicios de salud de calidad.

¿Qué razones tuvo el Gobierno para concebir una ley como la de las herencias? ¿Darle un toque ‘socialista’ a la gestión de Correa? ¿Un guiño a los hermanos Castro y al presidente Maduro? ¿Los ideólogos de Alianza País se proponen radicalizar las políticas socioeconómicas del Gobierno? Para mis adentros me hago las siguientes reflexiones.

Rafael Correa no es Nicolás Maduro. Como el nivel de conocimiento del venezolano no daba para más se le dio formación ideológica en aquellos noviciados de vocaciones tardías que aunque mermados todavía funcionan en Cuba. Maduro resultó rudo para los estudios, aunque sí empeñoso. Llegó a saberse de memoria el catecismo marxista-leninista-castrista en su primera versión, pese a que se hallaba ya en prensa a un paso de ser publicadas nuevas ediciones, corregidas desde luego. Para los Castro, Maduro resultó ser el sucesor ideal de Chávez. De una sola pieza, nada de veleidades o de pensar por sí mismo; el petróleo venezolano continuaría llegando a la isla a cambio de contar con los admirables servicios de inteligencia cubanos. Con aquel catecismo en mano el Presidente de la Patria del Libertador continuaría la construcción de un socialismo marxista-leninista, bien sabido como caduco y superado en todo el mundo, y más en la ex-Unión Soviética y la República Popular China.

Rafael Correa debería olvidarse de la ley de las herencias.