Fernando Tinajero

El recurso del suspenso

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Tanto en la literatura como en el cine, el suspenso es uno de los recursos más eficaces. En manos de los buenos creadores, la sucesión de los hechos va creando la progresión de una expectativa: algo terrible o maravilloso está por ocurrir, y cuando ocurra cambiará profundamente las relaciones que se han tejido entre los diversos personajes. Puede empezar en lo meramente posible para pasar luego a lo probable, a lo remoto, a lo cercano, a lo inminente… y al final puede ofrecer una sorpresa: el acontecimiento esperado puede no llegar a suceder, o puede suceder de una manera diferente. El lector o espectador que sigue la historia imaginaria, que se alegra y sufre con sus personajes, que los ama, los admira o los detesta, siente en sí mismo la ansiedad o el temor que ellos sienten y no puede desprender los ojos de ese ovillo narrativo que se va desenvolviendo en su presencia: sonreirá al final, con un suspiro de satisfacción o de tristeza, de plenitud o desengaño, pero si la obra es de alta calidad, podrá sentirse satisfecho aunque el desenlace haya sido deprimente. Sabe que nada de lo visto o lo leído es propiamente real, pero siente que su propia vida ya ha cambiado: feliz o desdichada por el desenlace imaginario, su percepción del mundo ya no podrá ser la misma de antes.

Aunque se puede hacer literatura o cine sobre la opacidad de sus mundos, la política no es literatura y tampoco lo son los ajetreos judiciales: en las arenas movedizas de una y otros, el suspenso puede ser un recurso necesario en ciertos casos, y si es manejado por un hábil estratega, puede ofrecer alguna efímera victoria (nunca en tales territorios hay victorias para siempre). Hay otros casos, sin embargo, en los que las circunstancias adversas o la impericia hacen del suspenso un riesgo que desemboca en desastre: el acontecimiento maravilloso termina convertido en pesadilla y la esperada victoria en deprimente derrota. Peor aun: puede significar que la oportunidad de alcanzar el objetivo apetecido se haya perdido para siempre.

Los ecuatorianos estamos leyendo ahora dos historias de suspenso: la primera se escribe en Carondelet; la otra se cocina a fuego lento en la Fiscalía. Ambas historias, sorprendentes al comienzo, han ido ganando verosimilitud y nos tienen atrapados en sus intrigas respectivas, condimentadas por supuesto por una germinación prodigiosa de ingeniosos comentarios.
Aparentemente, la primera va por buen camino y de no mediar ninguna sorpresa indeseada, llegará a un final feliz, a juzgar por el entusiasmo que ha causado. Algunos creen incluso que, aunque lejano todavía, el final ya se divisa en lontananza.

De la otra ya no sé qué decir: repetidamente se anuncia la proximidad de la revelación de un secreto que ya de antemano conocemos, pero cada día se aplaza un poco más, hasta el extremo de que hay Casandras que han empezado ya a vaticinar un (des)engaño. El final de la primera depende de nosotros y está casi asegurado. El de la otra solo depende de la Esfinge.

ftinajero@elcomercio.org