Abelardo Pachano

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13 de April de 2012 00:00

Hacen falta maestros. Sobran profesores. Qué duro es decirlo, pero hay que reconocer que la mística del educador está venida a menos. Esa vocación de vida por construir ciudadanos con valores y principios, tan reconocida en muchos pedagogos, hoy es un material escaso. Existe, pero es difícil encontrarla.

Eso se ve en los resultados de las pruebas de admisión a las universidades y en las de suficiencia tomadas a estudiantes de tercer nivel. ¡Qué triste confirmarlo! Lo sentíamos al apreciar la forma como se discuten las diferencias en los debates públicos. Ahí se evidencia la mediocridad de la educación que lleva a perder generaciones y castigar el futuro del país.

Ya no cabe duda sobre la deplorable formación que reciben los jóvenes. Las responsabilidades están perfectamente establecidas. Han pasado muchos gobiernos ofreciendo redención a la construcción del capital humano, pero la retórica ha sido vacía de contenido y peor de decisiones.

En ese contexto refresca saber que todavía hay maestros, pocos en realidad, que formaron generaciones pasadas y siguen contribuyendo con su conocimiento y dedicación a difundir los valores que fueron consustanciales con el trabajo educativo. Son individuos convencidos de su rol trascendente, que pusieron como modo de vida esta delicada actividad y no permitieron que la política invada su quehacer diario.

Son seres sencillos pero llenos de sabiduría. De aquella que viene desde la infancia cuando la familia les infundió esos preceptos de responsabilidad que tanta falta hacen hoy y que, lamentablemente se reflejan en esa horrible respuesta evasiva que oímos a menudo y empieza así: “es que”, en lugar de la pertinente mediante la cual se asumen las obligaciones.

Un ejemplo de estos seres raros pero tan indispensables es Manuel Zabala Ruiz. Hombre dedicado a la educación y la literatura, que hace pocos días fue recibido como Miembro de la Academia de la Educación Emilio Uzcátegui, en reconocimiento de su larga trayectoria educativa, y cuya ponencia contiene conceptos trascendentes sobre el contenido de la educación y el rol de quien la ejecuta. Afirma: “La Ciencia de la Educación, en esta etapa fundamental, es, sin dialéctica, El Arte de las Artes” Ahí se resume su trascendencia, a la cual también le categoriza como “Ciencia con alcurnia de siglos”

Y luego critica el fondo de la formación humanista actual cuando dice: “No deja de extrañar entonces que, en el boceto de estudios para los niveles Primario y Colegial se dé poca o ninguna importancia a ramas eminentemente forjadoras de la personalidad: la Moral, la Cívica y la Estética gracias a las cuales el hombre admira y respeta a la Naturaleza y se entrega, apasionadamente, al servicio de la humanidad”.