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1 de November de 2011 00:01

Tengo la costumbre de someter mis opiniones, más aún si han sido expresadas públicamente, a una constante crítica y revisión. En estos días, cuando ya es evidente el fracaso del Gobierno de la ‘revolución ciudadana’, abusivo e inepto, derrochador y corrupto, me he preguntado si me equivoqué al advertir a los ecuatorianos desde el principio, sin tapujos y sin subterfugios, sobre su carácter autoritario y atropellador, sobre su falso izquierdismo maniqueo y superficial, revanchista y descalificador, sobre sus promesas demagógicas, sobre su tendencia a privilegiar el esbirrismo y la sumisión frente a la independencia y la libertad y al Estado -el ‘ogro filantrópico’- frente al ciudadano…

Convencido -como estoy- de que en el Ecuador es necesario y urgente un profundo cambio y de que es un imperativo ético desterrar las prácticas de la vieja política, repetidas sin pudor por la ‘revolución ciudadana’, por mis críticas he sido descalificado por ser, supuesta y paradójicamente, adversario del cambio y protector de esa política mendaz e irresponsable. Ante el atropello constante a la Constitución y a las instituciones que el país soportó a lo largo del proceso que nos llevó a la Asamblea Nacional Constituyente, aceptado ciegamente por la mayoría, mi defensa del Estado de derecho fue comentada, aun por parte de quienes ahora han rectificado y se proclaman opositores de la dictadura correísta, con epítetos ofensivos e insultantes.

Hoy me ratifico. La ‘revolución ciudadana’ ha destruido la autonomía y la independencia de las instituciones, ha concentrado el poder en el dictador y sus acólitos, ha convertido la labor gubernamental en un instrumento para incentivar una lucha de clases sectaria y revanchista, ha sustituido el diálogo respetuoso y democrático por el insulto y la descalificación, ha impuesto una deficiente legislación controladora, ha incrementado el gasto público y la burocracia, ha sido incapaz de cumplir sus ofertas demagógicas y de solucionar los más urgentes y acuciantes problemas nacionales, y finalmente, poco a poco, pretende limitar los derechos y las libertades ciudadanas.

Las voces solitarias de los primeros días, ante la fuerza incontrastable de los hechos, que demuestran, más allá de los índices de popularidad o de aceptación, el fracaso del dictador de Carondelet, se han ido multiplicando. Imperceptible y lentamente, pero con firmeza, los ecuatorianos están despertando de su letargo. Han comenzado a desterrar el miedo. Han ido trocando la indiferencia en preocupación, indignación y rechazo. Están tomando conciencia de la necesidad de combatir el anacrónico proyecto de la ‘revolución ciudadana’, el autoritarismo sustentado en un electoralismo amañado y dirigido, la corrupción cínica y desafiante, la ominosa degradación de la política y del poder…